Amor Fati

En el instituto estaba convencida de que quería estudiar biología. Me imaginaba con una bata blanca en un laboratorio secuenciando el código genético. Así que cuando me tocó decidir qué carrera estudiar, eso fue lo que elegí.

Me fue bien. Tenía buenas notas. Hice muchos amigos. En el segundo año de la carrera empezaban las materias prácticas y aunque quise ignorarlo, la verdad es que no me gustó trabajar en el laboratorio. La biología me gustaba como teoría pero no necesariamente me gustaba aplicarla. Así que dejé la carrera.

Mi padre se enfadó. Lo que le molestó fue la idea de que yo estuviera “perdiendo el tiempo”. Para él el problema era que “perdí” un año estudiando una carrera que no quería, y tendría que “perder otro año más” aplicando a otra carrera por darme cuenta tarde. Para él eso significaba que estaba “dos años atrasada”.

No era la primera vez que escuchaba a alguien referirse a la vida de esa manera. Tengo una amiga que tiene 35 años y no se ha casado. El matrimonio es su tema de conversación favorito. Cada vez que la veo me dice lo mismo: que las mujeres tienen que casarse jóvenes porque es cuando pueden elegir con quién hacerlo. Que a medida que la mujer envejece los hombres “buenos” de su edad ya se han casado y los solteros “que quedan” no están interesados en salir con mujeres de su edad. Que los hombres mayores buscan mujeres más jóvenes que ellos. Para ella la vida es una especie de carrera, hay que ser veloz y ocupar los mejores puestos antes de que te los quiten.

Ambos, tanto mi padre como mi amiga, ven la vida como un proyecto que se planifica y se ejecuta. Lo que está detrás de esa idea es una visión particular del tiempo. La manera en la que creemos que el tiempo ordena la realidad. En nuestra cultura el tiempo es como una línea recta, lo entendemos como una línea del tiempo que tiene un pasado, un presente, y un futuro. Las cosas que ocurren son el resultado de una relación de causas y efectos.

En nuestra visión de tiempo lineal, el tiempo fluye en una sola dirección. El pasado es diferente del futuro y todo lo que hagas hoy tendrá un efecto en el mañana. Por lo tanto cada uno de nosotros es el actor principal de su vida y también su arquitecto porque con cada acción determina el resultado. Para el hombre occidental el destino no existe, en cambio existe la idea del libre albedrío.

No siempre entendimos el tiempo de esta forma. En el pasado el hombre estaba inmerso en la naturaleza, formaba parte de ella y dependía de su ritmo para sobrevivir. El hombre vivía de la recolección, de la caza, de la pesca, de la siembra, y de la cría. Algunas civilizaciones dependían del mar, otras de la tierra, pero todas necesitaban entender el tiempo de la naturaleza para poder sobrevivir.

El hombre antiguo observaba la tierra y aprendió a contar el tiempo en ciclos. Los períodos de fertilidad y abundancia se alternaban con los de infertilidad y sequía. Formaban un ciclo que coincidía con el ciclo del clima, con las estaciones. El mar también tenía su ciclo. Las mareas altas y las bajas se alternaban en una secuencia. Las estrellas aparecían y desaparecían en el firmamento en ciclos. La Luna crecía y menguaba, hasta las mujeres formaban parte de ese ciclo natural de la fertilidad en el que el mundo se destruye y se renueva.

Así que el hombre antiguo construyó su idea del tiempo a partir de los ciclos naturales. Creía que los eventos de la vida de los hombres, al igual que los de la naturaleza, tenían un ritmo, un patrón cíclico que se repetía una y otra vez. El tiempo del hombre primitivo era una rueda que giraba y sobre esa rueda las vidas de los hombres ejecutaban una y otra vez el mismo baile.

Del tiempo cíclico nace la idea del destino. Si el tiempo es una rueda que gira y lo que ocurre hoy es una repetición de algo que ha ocurrido mil veces en el pasado, y que seguirá ocurriendo de la misma forma en el futuro, entonces no hay mucho que una persona pueda hacer para cambiar el rumbo de las cosas.

Casi todas las culturas diferentes de la Occidental conservan esta forma de entender el tiempo. Los nativos americanos conciben el tiempo de forma circular y encuentran absurdo nuestro afán por medirlo, dividirlo y cuantificarlo. Los nativos americanos que viven de acuerdo con sus tradiciones rechazan la idea del reloj.

Los hindúes creen que el mundo es un ciclo de creación y destrucción. Creen que las almas reencarnan en nuevos cuerpos. Creen que la respiración es una expresión de ese ciclo eterno: con cada inhalación creas, con cada exhalación destruyes. Para los hindúes el tiempo es en sí mismo una deidad llamada Kalachakra que lo conoce todo, y su naturaleza está representada en la mandala, esa figura de círculos concéntricos.

La mandala no es la única representación del tiempo cíclico. Los calendarios de casi todas las culturas antiguas tenían forma de disco precisamente porque representaban esa idea del tiempo. El calendario maya es así, las mandalas son así, el símbolo budista del timón también es circular, pero quizás la más famosa sea la figura del ouroboros, esa serpiente que se muerde su propia cola.

El cambio de ese modelo de tiempo al nuestro fue producto del cristianismo. El judaísmo introdujo la idea de la creación. El mundo no había existido siempre, sino que fue creado, tuvo un único e inequívoco principio, que es el punto en el que comienza su historia y también el tiempo. Pero el cambio radical llegó con la figura de Cristo. Hasta entonces los dioses vivían separados del hombre, y tenían un tiempo propio que en nada se parecía al tiempo de los humanos.

Pero con Cristo fue Dios mismo quién se encarnó en un hombre. Dios nació, vivió, y murió como un hombre. Por primera vez la línea del tiempo de los hombres y la línea del tiempo divino se cruzaron y eso cambió por completo la idea que teníamos del tiempo.

A partir de Cristo existe un pasado (antes de Cristo) un presente (después de Cristo) y un futuro en forma de promesa (la segunda venida de Cristo). El tiempo pasó a ser una especie de flecha, una línea ascendente que se atravesaba en una sola dirección.

San Agustín escribió La Ciudad de Dios. En esa obra habla acerca de dos ciudades: el Reino de la Tierra, y el Reino de los Cielos que es el eterno destino de la sociedad cristiana, y en el que se encuentran todas las bendiciones y la felicidad divina. Para San Agustín el cristiano debía tener un objetivo en el mundo concreto: construir la Ciudad de Dios en la tierra a través de las enseñanzas del cristianismo para pertenecer al Reino de Dios en los cielos. San Agustin trazaba una línea hacia el futuro, ofrecía emprender un proyecto en el presente para alcanzar esa promesa de felicidad eterna.

Esa idea se llama proyecto histórico y aunque San Agustín fue el primero, en nuestra vida moderna tenemos el mismo mecanismo pero en una presentación secular. El comunismo, por ejemplo, también es un proyecto histórico. Existe la sociedad actual y la sociedad sin clases. El comunismo traza una línea hacia esa ciudad sin clases del futuro, y ofrece un proyecto en el presente para alcanzar esa promesa.

Nuestras vidas individuales también son un reflejo del proyecto histórico. El guión de la vida y todos los planes que hacemos se parecen a lo que planteó San Agustín. Estamos acostumbrados a imaginar un futuro maravilloso, a trazarnos una línea recta que va desde el presente hasta ese mundo que imaginamos, y después nos convencemos de que es solo cuestión de emprender un proyecto que lo convierta en realidad para vivir felices por siempre.

Esa es la base del guión de la vida, de nuestro modelo moderno. La escuela es un proyecto histórico: el futuro es esa vida maravillosa con un empleo seguro y una familia, sólo tienes que emprender este proyecto educativo en el presente para poder llegar hasta allí.

Es lo que está detrás de la idea del empleo: en el futuro podrás escalar dentro de la empresa, obtener un buen puesto de trabajo que sea lucrativo, podrás jubilarte con beneficios y no tendrás que trabajar más. Tu futuro será maravilloso, sólo tienes que emprender este proyecto en el presente. El empleo es un proyecto histórico.

Las hipotecas son proyectos históricos. Si obtienes esta hipoteca en el presente con estos intereses concretos en el mundo del ahora, en un futuro serás el dueño de tu propia casa, no tendrás que pagar más por tu vivienda, además se revalorizará y si algún día decides venderla no sólo vas a recuperar el dinero que has estado pagando todo este tiempo sino que además seguramente podrás venderla más cara de lo que te costó.

Casi todos los espejismos de la vida moderna, sus estructuras obsoletas, están basadas en una forma de entender el tiempo que no es consciente pero que lo baña todo: todo lo que hacemos, lo que sentimos, nuestras decisiones y nuestros planes están relacionadas con nuestra visión del tiempo lineal.

Ahora bien, da igual cuál es la realidad con respecto al tiempo. No importa cuál de las dos visiones es la más acertada desde el punto de vista científico, no es a eso a lo que me refiero. Da igual. Lo que importa es entender cuál es nuestra visión interior del tiempo, la que usamos para vivir, y cómo esa visión afecta todo lo que hacemos en nuestra vida. Muchas de nuestras frustraciones y deseos nacen de allí.

A diferencia del tiempo lineal, el tiempo circular es más benigno. En ese modelo el tiempo no comienza ni termina, solo fluye. En lugar de entender el tiempo como una línea, un segmento con un principio y un final, el tiempo circular lo entiende como un ciclo lleno de principios y finales que se repiten una y otra vez.

El sentido de la vida cambia si te trasladas a un modelo como este. El hombre que entiende el tiempo como un círculo no se plantea que lo que ocurre en su vida depende exclusivamente de sus decisiones, no se ve a sí mismo como un arquitecto de su futuro. No está obsesionado con el paso del tiempo y no considera que planificar más allá de lo inmediato es una actividad crucial.

De la misma manera, en el tiempo circular, el tiempo no es algo que se puede perder. El tiempo es abundante y nunca se termina. Simplemente está ahí, fluyendo constantemente, todo lo que tiene que ocurrir en la vida va a ocurrir en su momento sin necesidad de forzar artificialmente las cosas.

En el modelo circular el error no es garrafal. Un sólo error no anula tus futuras posibilidades, solo es parte de la vida. En el tiempo cíclico la vida es una secuencia de principios y finales, y no importa cuántos errores cometas siempre habrá un nuevo principio que traerá consigo la oportunidad de volver a empezar.

Si el tiempo es una rueda la vida no se entiende como algo que tiene un resultado. La vida no es una carrera. No es algo que debes ganar. La vida no se entiende como un triunfo o una derrota, sino como algo que simplemente es.

Pero eso no quiere decir que el modelo circular del tiempo no tiene puntos débiles. Para algunos creer en la idea del destino, así sea una idea de destino suave puede ser aterrador. Nietzsche decía que si te encuentras con un genio y ese genio te lleva aparte y te explica que después de la muerte lo que ocurre es que tu vida vuelve a empezar y debes vivirla exactamente igual, repetir las mismas acciones una y otra vez hasta el final de los tiempos, entonces sería muy difícil no morirse de asco.

El mito del castigo de Sísifo es un ejemplo de ese terror al destino cíclico del que hablaba Nietzsche. Sísifo quiso burlar a Hades y recibió un castigo eterno. Todos los días empujaba una enorme roca hasta la cima de una montaña, pero al llegar hasta ahí, la roca se deslizaba y rodaba hasta el pie de la montaña. Cada día Sísifo tenía que volver a empezar.

Para el hombre antiguo la única manera de aceptar el tiempo cíclico era rendirse ante él. Para poder vivir tenía que aprender a celebrar su propio destino que es al mismo tiempo su propia vida. Tenía que celebrarlo todo: lo bueno y lo malo. En latin hay una palabra para esa idea, se llama “Amor Fati” y significa “amor hacia el propio destino”. Amor Fati significa aceptar la vida con sus errores, con sus partes felices y sus partes amargas.

Amor Fati no es la idea de la tolerancia hacia el destino. Cuando hablamos de tolerancia lo que queremos decir es que hay algo malo, algo que no nos gusta, pero que debemos vivir con el disgusto, tenemos que “tolerarlo”. Amor Fati es aceptación. Es regocijarse en la vida con todo lo que en ella es necesario, incluyendo lo malo. Es aprender a amar lo que la vida te otorga. Aprender a no resistirse a lo que nos disgusta, no declararle la guerra a la aflicción ni al error. Se parece un poco a la idea de “no hay mal que por bien no venga” pero la trasciende.

La fórmula del Amor Fati es la siguiente: aprender a no querer cambiar nada. A no querer que nada sea distinto. Ni en el futuro ni en el pasado, ni en ningún punto de la eternidad. No es simplemente aguantar lo que no te gusta porque es necesario y mucho menos ocultar lo que te disgusta. Todos los idealismos son, al final del día, una forma de mentirnos a nosotros mismos para aceptar aquello que no podemos cambiar. Amor Fati no es recibir al mundo con idealismo, sino recibirlo con amor.

El tiempo circular y el Amor Fati te enseñan a aceptarte como eres, a vivir en el presente, y a celebrar cada cosa que la vida te ofrece sin pensar en el pasado ni pensar en el futuro, sin aprenderte de memoria un guión que alguien más inventó, sin atormentarte por el orden de la secuencia o el tiempo que inviertes en cada etapa. Es una manera de disfrutar la vida y de dejar a un lado todas las cosas que nos agobian.

El modelo del tiempo es sólo un fragmento del libro de La Vida Simple un libro que trata acerca de la crisis, los esquemas obsoletos, y cómo podemos plantearnos la vida de otra manera. El libro cuesta 15 euros, ha vendido más de 30 mil copias, si quieres saber más sobre él puedes leer el FAQ. O también puedes comprarlo directamente en paypal pulsando sobre este enlace.