ENTRE EL ESCEPTICISMO Y LA APERTURA
Me escribe una lectora del blog. Vamos a llamarla “Emma”. Me dice que ha leído el artículo sobre los antidepresivos (este) y está preocupada. Hace un tiempo se deprimió, fue al psiquiatra y le recetaron unos. Los ha estado tomando desde entonces y se siente mejor. Quiere saber si debe dejar de tomarlos, me pide mi opinión.
Otro, llamémoslo “Andrés” me dice que le parece curioso que escriba sobre este tema. Cree que estoy haciendo publicidad de la marca de suplementos naturales que aparece en la foto del post. Me pregunta que por qué debe creer que lo que yo digo en el artículo es cierto.
Parecen dos preguntas sin relación, pero ambas plantean lo mismo. Emma confía en mi blog hasta tal punto que se cuestiona su propia experiencia. Andrés, no cree en él hasta el punto de pensar que hay una segunda intención detrás del artículo. Leer sus preguntas me hizo reflexionar acerca del delicado equilibrio entre el escepticismo y la apertura que me gusta cultivar en mí.
Emma: ninguna fuente debe ser capaz de reemplazar tu propio criterio. Lo más importante es lo que tú entiendes de tu propia experiencia. Puede haber pruebas de que los antidepresivos no funcionan, pero si tú te sientes mejor tomándolos, eso es lo único que importa.
Andrés: si te preguntas por qué debes creer en lo que yo digo, ahí está justamente el punto. No deberías. No deberías creer en lo que yo digo, ni en lo que nadie dice. Lo que sí deberías hacer es buscar información por tu cuenta y formar tu propia opinión.
Hay un equilibrio entre el escepticismo y la apertura que debemos cultivar si queremos entender el mundo y estar en paz con él. Hay que mezclar la necesidad de escrutar la realidad y cada hipótesis que se nos presenta con la apertura mental necesaria para que las nuevas ideas penetren.
El escepticismo te permite descartar información inútil, distinguir entre lo que es real o probable, y lo que no. La apertura es necesaria para la creatividad.
Ambos impulsos están en conflicto, pero si solo eres capaz de utilizar una de las dos tienes un problema.
El escepticismo sin apertura te convierte en un ser cínico y obstinado, un anciano prematuro que está convencido de que este mundo está gobernado por el sinsentido. El escepticismo puede convertirse en cerrazón.
La apertura sin escepticismo te transforma en un ser ingenuo. Una persona que cree que invertir en una estafa piramidal es una buena idea, o que las piedras de cuarzo tienen propiedades curativas. Estás perdido porque entonces todas las ideas son válidas y por lo tanto ninguna lo es. La apertura puede convertirse en credulidad.
Puede que muchas ideas sean absurdas, pero de vez en cuando aparece una útil y valiosa. Si estás acostumbrado a descartarlas te la perderás. Si todas las aceptas al final ninguna tiene valor.
Así que aquí he decidido recopilar algunas ideas útiles para mantener el equilibrio entre escepticismo y apertura.
PARA EVITAR LA CERRAZÓN
La cerrazón es una actitud, son prejuicios que no te permiten ver la realidad como es. La mejor forma de evitarla es cuidar los hábitos de pensamiento.
1) Olvida la fuente. Algunos escépticos no entienden la diferencia entre la ciencia como método y la ciencia como institución. Pero una idea es igual de válida independientemente de quién la diga. La academia funciona como un club y en ese tipo de ambientes a veces pesa más la reputación del que propone la idea, que su validez. Si quieres ser escéptico y no ser cerrado, cuando te presenten una idea, estúdiala sin preguntar quién la tuvo.
2) El método científico no es la única vía. Hay una frase muy popular que dice lo siguiente:
“la ciencia es el único constructo filosófico que tenemos para determinar qué es verdadero y qué no con algún grado de confiabilidad”. Pues bien, esa frase no es una afirmación científica, así que ni siquiera dentro de la ciencia puede ser tomada como verdadera.
No todo lo real es medible y existen otras formas de experimentar la realidad tan válidas como las científicas. Si sólo tomamos como cierto lo científico, entonces debemos ignorar toda la realidad que no es susceptible de ser medida, al menos jamás llegaremos a conclusiones verdaderas sobre estos temas. Otros métodos válidos de aprender sobre el mundo: observación directa, experiencia personal, evidencias.
3) Aplica el pensamiento crítico a todo, no sólo a aquello que va en contra de tu paradigma. Los cerrados sólo critican aquello que se opone a sus creencias, a su ortodoxia o al status quo, pero jamás cuestionan la ortodoxia en sí, o lo que es ampliamente aceptado como válido.
PARA EVITAR LA CREDULIDAD
La credulidad es una actitud, pero también es una falta de pensamiento crítico. A veces las falacias nos confunden, pero si aprendemos a identificarlas nos será más fácil distinguir entre lo que es real y lo que no.
1) Non Sequitur. Es una conclusión que no sigue las premisas de las que se supone debe partir. Un ejemplo de esto es el siguiente: Los hombres son humanos, María es humana, por lo tanto maría es un hombre. Una falacia non sequitur. El error en este caso es fácil de observar, pero hay otros argumentos más difíciles de discernir.
Por ejemplo. Si P implica Q, si un hombre cae a una piscina se moja, entonces podemos concluir que si un hombre está seco es porque no cayó en una piscina, ¿verdad? Ahora bien, basándonos en la premisa de arriba ¿podríamos concluir que no-P implica no-Q? Es decir, podríamos concluir que si un hombre no cayó en una piscina entonces necesariamente está seco? No. El hombre puede estar mojado de todas formas. Pudo haber caído en un lago, pudieron lanzarle un cubo de agua desde el balcón de un edificio, o pudo haberse duchado vestido. Si P implica Q, no necesariamente aplica que no-P implica no-Q.
2) El principio del jugador. Supongamos que estás jugando conmigo a cara o cruz. Hemos lanzado 8 veces la moneda y ha caído de la siguiente manera: cara, cara, cruz, cara, cruz, cruz, cruz, cruz. Ahora toca volver a lanzar. Viendo lo que ha salido hasta ahora ¿qué crees que va a salir? Quizás pienses que va a salir cara, porque ha salido cruz muchas veces. Quizás pienses que volverá a salir cruz por la misma razón. Te esfuerzas por descubrir una secuencia, un patrón con la información disponible y sin embargo cada vez que lanzas la moneda la probabilidad de que caiga cara o cruz es exactamente la misma: 50% y 50% sin importar lo que vino antes.
Aprendemos conectando puntos y por eso somos muy buenos reconociendo patrones. Pero no siempre los patrones que reconocemos son reales, a veces creemos que hay un patrón cuando en realidad es información aleatoria. Nos pasa cuando identificamos una cara en las manchas del mármol del baño, o también le ocurre a la gente que fabrica hipótesis sobre eventos mundiales a partir de unos datos aislados. Por ejemplo, a quienes afirman que el 11 de septiembre fue planificado por el gobierno americano.
3) Causalidad. Los errores más fáciles de cometer son errores de causa-efecto. Vemos el efecto e inferimos su causa. Por ejemplo, al ver cenizas concluímos que hubo fuego. El fuego es la causa, la ceniza es el efecto. Para concluir algo como eso el fuego tiene que ocurrir antes que la ceniza, y debe precederla siempre. Sin embargo, a veces confundimos proximidad temporal con causalidad. Por ejemplo, lo que nos ocurre con los detergentes (y que expliqué en el artículo del champú): cada vez que usamos un detergente aparece espuma y la espuma precede a la sensación de limpieza así que asumimos que la causa de la limpieza es la espuma, buscamos detergentes que produzcan mucha espuma creyendo que limpian mejor, cuando en realidad ambas cosas no tienen mucho que ver.
Estas no son todas las actitudes que llevan a la cerrazón ni todas las fallas de pensamiento que llevan a la credulidad, pero son algunas de las más importantes. Aprender a distinguir la información valiosa de la que no lo es es un proceso complicado y por más preparados que estemos a veces pecamos de caer en alguno de los extremos. Cultivar el equilibrio entre escepticismo y apertura es necesario para sobrevivir con la sobreabundancia de información a la que nos exponemos.