Published 30th Dec 2012

No se trata de lo que te gusta

Viví una gran parte de mi vida en Caracas, la ciudad con el índice de homicidios por delincuencia más alta del mundo. El año pasado murieron más de 22 mil personas. Una de las paredes del estudio de mi abuelo en Caracas tiene un impacto de bala: una bala perdida que entro por la ventana una noche mientras dormían.

Cuando vives en un lugar así aprendes muchas cosas sobre las armas, aunque jamás hayas tenido una. Los caraqueños muchas veces dicen que es peor tener un arma que no tenerla porque si un delincuente te ataca y descubre que tienes un arma es más probable que te mate en el acto, en lugar de perdonarte la vida.

Conocí a un señor que tenía una tienda en el Centro de Caracas y que llevaba a todas partes un revólver. Un día se le acercó un delincuente al coche mientras estaba pagando el ticket del parking. No dio tiempo a que el delincuente le dijera lo que quería porque el señor sacó el arma para defenderse y hubo un intercambio de tiros. El señor fue herido en un brazo, pero mató al delincuente y conservó su vida, sus propiedades, y defendió su seguridad.

A mí me han atracado varias veces. Creo que cuatro en total. Una de esas veces me cogieron por el cuello para arrancarme un colgante de oro que me había regalado mi madre. Lo hicieron a plena luz del día en una calle llena de gente. Nadie hizo nada por defenderme. La policía no llegó nunca.

En Venezuela que te secuestren no es algo extraño como en el resto del planeta, es algo habitual. A mi madre la secuestraron saliendo del supermercado. La asaltaron 5 hombres con armas cuando estaba metiendo las bolsas en el maletero. La metieron en el coche, le golpearon la cabeza contra la palanca de cambio, se la llevaron más de seis horas y la soltaron descalza en medio de la autopista. Se fue caminando hasta casa de una amiga y nos llamó por teléfono para que la buscáramos. En esa época mi madre usaba unas gafas de cristales enormes, y cuando la golpearon quedaron las huellas del que la golpeó en el lente pero cuando fuimos a la policía a poner la denuncia, mi madre no dijo nada por miedo a represalias. Lo primero que hicimos al regresar a la casa fue cambiar las placas del coche de mi padre y cambiar las cerraduras de todo el edificio.

Historias hay miles. A mi primo lo persiguieron a tiros desde otro coche en la madrugada. A mi mejor amiga le robaron la cámara estando conmigo: iban dos en una moto, nos vieron, se pararon, se bajaron, y le dijeron algo como: “Dame la cámara”. A mi padre lo persiguieron 5 hombres con machetes por la calle. A una amiga de la universidad le hicieron bajar la ventanilla del coche en medio del tráfico a punta de pistola y le robaron el móvil. A veces no pasa a mayores, otras veces se complica. Conozco gente a la que han secuestrado durante meses y un día me enteré de que habían matado a un conocido con el que había visto una materia como oyente en la escuela de filología de la Universidad Católica. Aunque no vayas armado el asaltante no siempre te perdona la vida. La compasión de un delincuente depende de lo drogado que esté, de lo violento que sea, de si está o no está nervioso.

Venezuela es uno de esos países en los que conseguir armas es difícil. El porte de armas no se lo dan a cualquiera. Pero en los últimos años han entrado más de 600 mil armas de forma ilegal gracias a las FARC y a que el gobierno arma deliberadamente a los chavistas de las favelas. No es ilógico pensar que un delincuente o un asesino no es la clase de persona que suele seguir las leyes. Él va a conseguir las armas sean legales o no. Por lo tanto una ley que prohibe tener armas no le afecta a él sino a su víctima: el ciudadano de a pie que tiene un empleo, que tiene una familia, que paga sus impuestos y que cumple la ley.

Este año fueron 22 mil los muertos que se cobró la delincuencia: la gran mayoría de las víctimas no iban armadas. La clase media y la clase alta no suelen llevarlas porque es difícil conseguirlas de forma legal así que se han convertido en el patito de tiro de las favelas: los criminales apuntan siempre al Valle de Caracas porque saben que sus habitantes no se pueden defender.

Así que cuando se trata del derecho a llevar armas, la libertad para defenderse no es un juego. Defenderla o condenarla no se trata de si tendrías o no tendrías un arma en tu casa. No se trata de lo que te gusta. Yo jamás he tenido un arma, no sé usarlas, pero defiendo el derecho que tiene mi vecino de juzgar por sí mismo si él necesita una para defenderse. Quizás si fuese más fácil conseguir armas en Venezuela, la clase media podría hacerlo.

La idea europea de que un ciudadano no necesita un arma para defenderse nace del pacto social: el individuo renuncia a las armas y delega la responsabilidad de su defensa al gobierno que apunta un cuerpo policial y otro militar para encargarse de su defensa. Por lo tanto, el ciudadano “no necesita” un arma.

Es lo mismo que ocurre con la seguridad social. El individuo renuncia a la libertad de elegir cómo cuidar de su propia salud y delega la responsabilidad al gobierno que construye hospitales y contrata médicos por él. Es lo que ocurre con la educación. El individuo renuncia a la posibilidad de educar a sus hijos y delega esa responsabilidad al gobierno que construye escuelas y contrata profesores por él.

Todo parte de la misma idea: la idea de libertad francesa. La idea de que el Estado se ocupa de tus necesidades para que tú no tengas que hacerlo. Así la libertad no es responsabilidad ni es autonomía, pasa a ser “cultura” pasa a ser “mundo interior” pasa a ser “libertad de no preocuparse” porque en efecto, el ciudadano europeo heredero de la Revolución Francesa es un ser dependiente del gobierno.

Puedes delegar una responsabilidad, pero es imposible disociar al individuo de las consecuencias. Si el policía no llega a tiempo el que mueres eres tú. Si el médico es un inepto el que pierde un riñón eres tú. Si el profesor que le asignaron a tu hijo es un fanático y le enseña creacionismo el que aprende que el hombre no evolucionó del mono es tu hijo. Por lo tanto, más te convendría poner atención y poder elegir cómo defenderte, a qué cirujano someterte, y el profesor que le vas a poner a tu hijo.

No se puede confiar en el Estado porque el Estado es una máquina independiente del maquinista. Ahí se monta quién sea y la hace andar a su favor. Ha ocurrido múltiples veces a lo largo de la historia y seguirá ocurriendo. Si no puedes confiar en que el Estado es responsable para manejar algo tan sencillo como el dinero de los impuestos ¿cómo puedes cederle la responsabilidad sobre tu propia vida? Y más allá de eso, más allá de la ineptitud del gobernante, las masacres siempre se perpetúan en contra de una población desarmada.

America se fundó para ser un antídoto a todas estas cosas. Su fundamento es la libertad como responsabilidad individual. La autonomía de cada ciudadano como norte. Cada vez que se prohibe una libertad se infringe la base de lo que es América. El que lo entiende jamás apoyaría la prohibición de armas.