Amor Fati

November 15, 2012

En el instituto estaba convencida de que quería estudiar biología. Me imaginaba con una bata blanca en un laboratorio secuenciando el código genético. Así que cuando me tocó decidir qué carrera estudiar, eso fue lo que elegí.

Me fue bien. Tenía buenas notas. Hice muchos amigos. En el segundo año de la carrera empezaban las materias prácticas y aunque quise ignorarlo, la verdad es que no me gustó trabajar en el laboratorio. La biología me gustaba como teoría pero no necesariamente me gustaba aplicarla. Así que dejé la carrera.

Mi padre se enfadó. Lo que le molestó fue la idea de que yo estuviera “perdiendo el tiempo”. Para él el problema era que “perdí” un año estudiando una carrera que no quería, y tendría que “perder otro año más” aplicando a otra carrera por darme cuenta tarde. Para él eso significaba que estaba “dos años atrasada”.

No era la primera vez que escuchaba a alguien referirse a la vida de esa manera. Tengo una amiga que tiene 35 años y no se ha casado. El matrimonio es su tema de conversación favorito. Cada vez que la veo me dice lo mismo: que las mujeres tienen que casarse jóvenes porque es cuando pueden elegir con quién hacerlo. Que a medida que la mujer envejece los hombres “buenos” de su edad ya se han casado y los solteros “que quedan” no están interesados en salir con mujeres de su edad. Que los hombres mayores buscan mujeres más jóvenes que ellos. Para ella la vida es una especie de carrera, hay que ser veloz y ocupar los mejores puestos antes de que te los quiten.

Ambos, tanto mi padre como mi amiga, ven la vida como un proyecto que se planifica y se ejecuta. Lo que está detrás de esa idea es una visión particular del tiempo. La manera en la que creemos que el tiempo ordena la realidad. En nuestra cultura el tiempo es como una línea recta, lo entendemos como una línea del tiempo que tiene un pasado, un presente, y un futuro. Las cosas que ocurren son el resultado de una relación de causas y efectos.

En nuestra visión de tiempo lineal, el tiempo fluye en una sola dirección. El pasado es diferente del futuro y todo lo que hagas hoy tendrá un efecto en el mañana. Por lo tanto cada uno de nosotros es el actor principal de su vida y también su arquitecto porque con cada acción determina el resultado. Para el hombre occidental el destino no existe, en cambio existe la idea del libre albedrío.

No siempre entendimos el tiempo de esta forma. En el pasado el hombre estaba inmerso en la naturaleza, formaba parte de ella y dependía de su ritmo para sobrevivir. El hombre vivía de la recolección, de la caza, de la pesca, de la siembra, y de la cría. Algunas civilizaciones dependían del mar, otras de la tierra, pero todas necesitaban entender el tiempo de la naturaleza para poder sobrevivir.

El hombre antiguo observaba la tierra y aprendió a contar el tiempo en ciclos. Los períodos de fertilidad y abundancia se alternaban con los de infertilidad y sequía. Formaban un ciclo que coincidía con el ciclo del clima, con las estaciones. El mar también tenía su ciclo. Las mareas altas y las bajas se alternaban en una secuencia. Las estrellas aparecían y desaparecían en el firmamento en ciclos. La Luna crecía y menguaba, hasta las mujeres formaban parte de ese ciclo natural de la fertilidad en el que el mundo se destruye y se renueva.

Así que el hombre antiguo construyó su idea del tiempo a partir de los ciclos naturales. Creía que los eventos de la vida de los hombres, al igual que los de la naturaleza, tenían un ritmo, un patrón cíclico que se repetía una y otra vez. El tiempo del hombre primitivo era una rueda que giraba y sobre esa rueda las vidas de los hombres ejecutaban una y otra vez el mismo baile.

Del tiempo cíclico nace la idea del destino. Si el tiempo es una rueda que gira y lo que ocurre hoy es una repetición de algo que ha ocurrido mil veces en el pasado, y que seguirá ocurriendo de la misma forma en el futuro, entonces no hay mucho que una persona pueda hacer para cambiar el rumbo de las cosas.

Casi todas las culturas diferentes de la Occidental conservan esta forma de entender el tiempo. Los nativos americanos conciben el tiempo de forma circular y encuentran absurdo nuestro afán por medirlo, dividirlo y cuantificarlo. Los nativos americanos que viven de acuerdo con sus tradiciones rechazan la idea del reloj.

Los hindúes creen que el mundo es un ciclo de creación y destrucción. Creen que las almas reencarnan en nuevos cuerpos. Creen que la respiración es una expresión de ese ciclo eterno: con cada inhalación creas, con cada exhalación destruyes. Para los hindúes el tiempo es en sí mismo una deidad llamada Kalachakra que lo conoce todo, y su naturaleza está representada en la mandala, esa figura de círculos concéntricos.

La mandala no es la única representación del tiempo cíclico. Los calendarios de casi todas las culturas antiguas tenían forma de disco precisamente porque representaban esa idea del tiempo. El calendario maya es así, las mandalas son así, el símbolo budista del timón también es circular, pero quizás la más famosa sea la figura del ouroboros, esa serpiente que se muerde su propia cola.

El cambio de ese modelo de tiempo al nuestro fue producto del cristianismo. El judaísmo introdujo la idea de la creación. El mundo no había existido siempre, sino que fue creado, tuvo un único e inequívoco principio, que es el punto en el que comienza su historia y también el tiempo. Pero el cambio radical llegó con la figura de Cristo. Hasta entonces los dioses vivían separados del hombre, y tenían un tiempo propio que en nada se parecía al tiempo de los humanos.

Pero con Cristo fue Dios mismo quién se encarnó en un hombre. Dios nació, vivió, y murió como un hombre. Por primera vez la línea del tiempo de los hombres y la línea del tiempo divino se cruzaron y eso cambió por completo la idea que teníamos del tiempo.

A partir de Cristo existe un pasado (antes de Cristo) un presente (después de Cristo) y un futuro en forma de promesa (la segunda venida de Cristo). El tiempo pasó a ser una especie de flecha, una línea ascendente que se atravesaba en una sola dirección.

San Agustín escribió La Ciudad de Dios. En esa obra habla acerca de dos ciudades: el Reino de la Tierra, y el Reino de los Cielos que es el eterno destino de la sociedad cristiana, y en el que se encuentran todas las bendiciones y la felicidad divina. Para San Agustín el cristiano debía tener un objetivo en el mundo concreto: construir la Ciudad de Dios en la tierra a través de las enseñanzas del cristianismo para pertenecer al Reino de Dios en los cielos. San Agustin trazaba una línea hacia el futuro, ofrecía emprender un proyecto en el presente para alcanzar esa promesa de felicidad eterna.

Esa idea se llama proyecto histórico y aunque San Agustín fue el primero, en nuestra vida moderna tenemos el mismo mecanismo pero en una presentación secular. El comunismo, por ejemplo, también es un proyecto histórico. Existe la sociedad actual y la sociedad sin clases. El comunismo traza una línea hacia esa ciudad sin clases del futuro, y ofrece un proyecto en el presente para alcanzar esa promesa.

Nuestras vidas individuales también son un reflejo del proyecto histórico. El guión de la vida y todos los planes que hacemos se parecen a lo que planteó San Agustín. Estamos acostumbrados a imaginar un futuro maravilloso, a trazarnos una línea recta que va desde el presente hasta ese mundo que imaginamos, y después nos convencemos de que es solo cuestión de emprender un proyecto que lo convierta en realidad para vivir felices por siempre.

Esa es la base del guión de la vida, de nuestro modelo moderno. La escuela es un proyecto histórico: el futuro es esa vida maravillosa con un empleo seguro y una familia, sólo tienes que emprender este proyecto educativo en el presente para poder llegar hasta allí.

Es lo que está detrás de la idea del empleo: en el futuro podrás escalar dentro de la empresa, obtener un buen puesto de trabajo que sea lucrativo, podrás jubilarte con beneficios y no tendrás que trabajar más. Tu futuro será maravilloso, sólo tienes que emprender este proyecto en el presente. El empleo es un proyecto histórico.

Las hipotecas son proyectos históricos. Si obtienes esta hipoteca en el presente con estos intereses concretos en el mundo del ahora, en un futuro serás el dueño de tu propia casa, no tendrás que pagar más por tu vivienda, además se revalorizará y si algún día decides venderla no sólo vas a recuperar el dinero que has estado pagando todo este tiempo sino que además seguramente podrás venderla más cara de lo que te costó.

Casi todos los espejismos de la vida moderna, sus estructuras obsoletas, están basadas en una forma de entender el tiempo que no es consciente pero que lo baña todo: todo lo que hacemos, lo que sentimos, nuestras decisiones y nuestros planes están relacionadas con nuestra visión del tiempo lineal.

Ahora bien, da igual cuál es la realidad con respecto al tiempo. No importa cuál de las dos visiones es la más acertada desde el punto de vista científico, no es a eso a lo que me refiero. Da igual. Lo que importa es entender cuál es nuestra visión interior del tiempo, la que usamos para vivir, y cómo esa visión afecta todo lo que hacemos en nuestra vida. Muchas de nuestras frustraciones y deseos nacen de allí.

A diferencia del tiempo lineal, el tiempo circular es más benigno. En ese modelo el tiempo no comienza ni termina, solo fluye. En lugar de entender el tiempo como una línea, un segmento con un principio y un final, el tiempo circular lo entiende como un ciclo lleno de principios y finales que se repiten una y otra vez.

El sentido de la vida cambia si te trasladas a un modelo como este. El hombre que entiende el tiempo como un círculo no se plantea que lo que ocurre en su vida depende exclusivamente de sus decisiones, no se ve a sí mismo como un arquitecto de su futuro. No está obsesionado con el paso del tiempo y no considera que planificar más allá de lo inmediato es una actividad crucial.

De la misma manera, en el tiempo circular, el tiempo no es algo que se puede perder. El tiempo es abundante y nunca se termina. Simplemente está ahí, fluyendo constantemente, todo lo que tiene que ocurrir en la vida va a ocurrir en su momento sin necesidad de forzar artificialmente las cosas.

En el modelo circular el error no es garrafal. Un sólo error no anula tus futuras posibilidades, solo es parte de la vida. En el tiempo cíclico la vida es una secuencia de principios y finales, y no importa cuántos errores cometas siempre habrá un nuevo principio que traerá consigo la oportunidad de volver a empezar.

Si el tiempo es una rueda la vida no se entiende como algo que tiene un resultado. La vida no es una carrera. No es algo que debes ganar. La vida no se entiende como un triunfo o una derrota, sino como algo que simplemente es.

Pero eso no quiere decir que el modelo circular del tiempo no tiene puntos débiles. Para algunos creer en la idea del destino, así sea una idea de destino suave puede ser aterrador. Nietzsche decía que si te encuentras con un genio y ese genio te lleva aparte y te explica que después de la muerte lo que ocurre es que tu vida vuelve a empezar y debes vivirla exactamente igual, repetir las mismas acciones una y otra vez hasta el final de los tiempos, entonces sería muy difícil no morirse de asco.

El mito del castigo de Sísifo es un ejemplo de ese terror al destino cíclico del que hablaba Nietzsche. Sísifo quiso burlar a Hades y recibió un castigo eterno. Todos los días empujaba una enorme roca hasta la cima de una montaña, pero al llegar hasta ahí, la roca se deslizaba y rodaba hasta el pie de la montaña. Cada día Sísifo tenía que volver a empezar.

Para el hombre antiguo la única manera de aceptar el tiempo cíclico era rendirse ante él. Para poder vivir tenía que aprender a celebrar su propio destino que es al mismo tiempo su propia vida. Tenía que celebrarlo todo: lo bueno y lo malo. En latin hay una palabra para esa idea, se llama “Amor Fati” y significa “amor hacia el propio destino”. Amor Fati significa aceptar la vida con sus errores, con sus partes felices y sus partes amargas.

Amor Fati no es la idea de la tolerancia hacia el destino. Cuando hablamos de tolerancia lo que queremos decir es que hay algo malo, algo que no nos gusta, pero que debemos vivir con el disgusto, tenemos que “tolerarlo”. Amor Fati es aceptación. Es regocijarse en la vida con todo lo que en ella es necesario, incluyendo lo malo. Es aprender a amar lo que la vida te otorga. Aprender a no resistirse a lo que nos disgusta, no declararle la guerra a la aflicción ni al error. Se parece un poco a la idea de “no hay mal que por bien no venga” pero la trasciende.

La fórmula del Amor Fati es la siguiente: aprender a no querer cambiar nada. A no querer que nada sea distinto. Ni en el futuro ni en el pasado, ni en ningún punto de la eternidad. No es simplemente aguantar lo que no te gusta porque es necesario y mucho menos ocultar lo que te disgusta. Todos los idealismos son, al final del día, una forma de mentirnos a nosotros mismos para aceptar aquello que no podemos cambiar. Amor Fati no es recibir al mundo con idealismo, sino recibirlo con amor.

El tiempo circular y el Amor Fati te enseñan a aceptarte como eres, a vivir en el presente, y a celebrar cada cosa que la vida te ofrece sin pensar en el pasado ni pensar en el futuro, sin aprenderte de memoria un guión que alguien más inventó, sin atormentarte por el orden de la secuencia o el tiempo que inviertes en cada etapa. Es una manera de disfrutar la vida y de dejar a un lado todas las cosas que nos agobian.

El modelo del tiempo es sólo un fragmento del libro de La Vida Simple un libro que trata acerca de la crisis, los esquemas obsoletos, y cómo podemos plantearnos la vida de otra manera. El libro cuesta 15 euros, ha vendido más de 30 mil copias, si quieres saber más sobre él puedes leer el FAQ. O también puedes comprarlo directamente en paypal pulsando sobre este enlace.

Malabarismo mental

August 24, 2012

MALABARISMO MENTAL

La habitación está totalmente oscura pero nuestros ojos se van ajustando gradualmente a la oscuridad. Algunas figuras aparecen contra el fondo negro en una escala de grises. Primero distinguimos, cerca de la puerta, una figura grande y rectangular, una mesa. Sobre ella algunos libros. A la izquierda hay otro mueble un poco más bajo con un televisor, y más allá está la cama. Hay una mujer acostada en la cama intentado dormir. Soy yo.

Sé que este ejercicio de salirme del cuerpo para hacer un recorrido de la escena con vosotros es poco ortodoxo, pero al ser un recuerdo, es una liencia poética que puedo permitirme. En realidad la persona que está en la cama puede ser cualquiera. Podrías ser tú, o él, o ella, el pronombre da igual porque es una situación en la que todos hemos estado sin excepción.

La persona que está en la cama, es decir tú, está tapada hasta las orejas con la cobija, y entre el aire acondicionado (al máximo) y la oscuridad (total) cualquiera pensaría que es una situación más que ideal para quedarse dormido. Pero no te duermes. Estás despierto. Cada cierto tiempo te das la vuelta, estiras la sábana, o arreglas la almohada, y sigues con el ejercicio de conciliar el sueño.

Si la escena fuése un cómic y tu personaje tuviese un bocadillo, de esos con forma de nube, dentro veríamos todo tipo de cosas. Algo sobre un examen oral que tienes al día siguiente en la mañana. También una frase o dos que alguien te dijo en la oficina. El email que una amiga te envió echándote algo en cara. O la respuesta perfecta para un comentario que te hizo la profesora de francés en frente de todo el mundo y que se te vino a ocurrir ahora, diez horas tarde. De vez en cuando una frase de alarma cruza la nube: “¡Tienes que dormirte! ¡Sólo te quedan tres horas!”

En resumen: hace poco descubrí que no padezco de insomnio. Mi aflicción es más general y menos misteriosa, es algo a lo que me gusta llamar “malabarismo mental”. Es un problema de desorden de pensamientos que va más allá del sueño, y que más bien inunda casi cualquier actividad. Consiste en algo tan simple que creo que a nadie se le ocurriría diagnosticarlo. El malabarismo mental consiste en que los pensamientos y las acciones no coinciden.

A ver si se entiende: estoy haciendo una cosa mientras pienso en otra. Es decir, que mientras haces algo que requiere de tu atención, estás en realidad pensando en una cantidad de problemas y escenarios que no tienen nada que ver con lo que estás haciendo en el momento.

Parte del problema es que las acciones que uno realiza en el presente son limitadas (en un segundo particular sólo puedo hacer una cosa), pero el espacio mental que puedes dedicarle a la basura es ilimitado, como un juke-box de la miseria en rotación contínua. Es imposible disfrutar del momento cuando tienes los 40 grandes éxitos dando vueltas en tu cabeza, pero además, cuando divides tu atención entre 4 cosas diferentes no haces nada bien.

Si estás pensando en un examen mientras tratas de dormir, lo más probable es que no hagas bien ninguna de las dos. No puedes resolver el examen a las 2 am desde tu cama, pero sí puedes quedarte dormido mañana durante el examen.

LÍNEAS DEL TIEMPO

No entiendo de pintura ni de fotografía. No es que no me gusten, es que no las entiendo. A diferencia de la música, del cine, o de la literatura, no sé cuánto tiempo se supone que tengo que estar ahí mirando. Quiero decir, que la pintura y la fotografía no se experimentan a través del tiempo, y eso hace que me cueste entender cómo disfrutarlas.

No es algo tan raro. Todos tenemos problemas con la experiencia del tiempo. A nuestra conciencia no le resulta fácil manejarlo. Muchas de las actividades que hacemos tienen como objetivo darle forma o estructura al tiempo. De otro modo no sabemos qué hacer.

Por eso la conciencia tiene un inventario de problemas reservado en el juke-box para esos momentos. Saca alguno cuando siente esa necesidad de estructurar el tiempo. Nosotros creemos que los problemas que nos arroja el juke-box nos interesan, caemos en la trampa de la conciencia, y pasamos un buen rato analizando pros y contras, escenarios alternativos, etc sin darnos cuenta de que todo es una estrategia para mantenernos ocupados.

En realidad operamos en dos líneas del tiempo diferentes. la primera línea del tiempo es la de la acción. En esa línea del tiempo están las acciones que hacemos en el momento en el que las hacemos. Tú por ejemplo, estás leyendo esto. Yo estoy escribiéndolo, aunque para el momento en el que tú lo leas ya no estaré escribiéndolo sino que estaré haciendo otra cosa. La línea del tiempo de la acción es un eterno presente, no tiene pasado ni tiene futuro.

Después está la línea del tiempo de la mente que se superpone a la de la acción. Es sólo en esa línea del tiempo en la que existe el pasado, el futuro, y los presentes alternativos. En ella se guardan los recuerdos, y se generan las fantasías. En ella se acumulan culpas, frustraciones, y también alegrías y orgullo.

DEJA A LA PUTA EN LA ORILLA DEL RÍO

Un monje y su pupilo peregrinaban por una montaña. En la orilla de un río se encontraron con una puta que les pidió ayuda para cruzar al otro lado. El maestro cargó a la puta en su espalda y cruzó con ella el río, la dejó en la otra orilla. La puta se despidió y reanudó su marcha, los monjes también la suya.

Horas después el pupilo le preguntó a su maestro: “¿por qué cargaste con la puta a través del río? ¿Te olvidaste de que no podemos tocar mujeres, mucho menos mujeres como esa?”

El maestro le respondió: “yo dejé a la puta en la orilla del río, pero tú sigues cargándola”.

Hay problemas que se arrastran en el tiempo. Que independientemente de la solución práctica del problema, hay un aspecto interno de ese problema que está desligado de lo práctico y al que nos aferramos. Es un apego a las situaciones que nos hace cargar con ellas mucho tiempo.

Conozco a una mujer que llegó a un cargo muy alto en un banco y la despidieron. Al poco tiempo encontró otro trabajo y no le va mal. De eso hace 20 años, pero ella sigue hablando de su problema hasta el día de hoy.

También sé de un hombre al que su mujer lo engañó con otro hace seis años. El hombre quiso seguir con ella, y aunque aceptó sus disculpas, nunca la perdonó en su interior. Hasta el día de hoy la culpa por su infelicidad.

Estos problemas tienen que ver con anclarse en el pasado. Cuando la mente está en el pasado arrastramos problemas, cargamos con la puta, comparamos nuestra realidad con un pasado mejor, o nos lamentamos de ofensas que debieron quedar atrás.

También podemos anclarnos en el futuro cuando generamos expectativas fantasiosas que no se cumplen. En realidad los problemas que se arrastran en el tiempo tienen dos orígenes:

1) Expectativas: tenemos una idea clara de lo que va a pasar. O de lo que queremos que ocurra. Construimos una fantasía y pretendemos imponérsela a la realidad. Cuando la realidad nos señala que estamos en un error, que lo nuestro es una fantasía, nos frustramos.

Ocurre con los planes a futuro, pero también ocurre con ideas que damos por sentado. La ejecutiva del banco creía que bastaba con trabajar bien para tener su puesto toda la vida. Tanto creyó en su fantasía que construyó su identidad alrededor de su trabajo, su vida giraba en torno a él. Cuando la despidieron no lo supo manejar. Encontró otro trabajo (resolvió el problema en lo práctico) pero no se liberó del problema en su interior y sigue arrastrándolo hasta hoy.

Lo mismo con el matrimonio y la infidelidad, o con las expectativas de vida. La gente que cree que va a estar en algún punto en algún momento, creen que basta con proyectarse para alcanzar una meta. Padres que creen que a los hijos hay que “impulsarlos” como si fuesen proyectiles.

Trazarse expectativas tiene que ver con escribir un guión para la vida, cuando la vida no se ajusta a nuestro guión nos angustiamos. Es la idea de que no tenemos control sobre lo que ocurre lo que genera esa angustia.

2) Incertidumbre: el segundo problema es de incertidumbre. Cuando no tenemos la certeza de saber cuál será el desenlace de una situación, no tenemos ni idea de lo que va a ocurrir.

Este es otro problema que nos mantiene despiertos por la noche. No sabes qué preguntas te harán mañana en el examen, no sabes cómo vas a responder, no sabes qué nota vas a sacar, no sabes qué carrera vas a estudiar, en qué universidad, no sabes si te darán un trabajo o no, no sabes qué quieres hacer con tu vida, o dónde se supone que deberías estar.

Al final ambos orígenes son el mismo: miedo a vivir sin seguridades, no poder anticiparse a lo que va a ocurrir. El único antídoto para esa angustia es aprender a hacer que las dos líneas del tiempo coincidan. Que la mente aprenda a vivir en el presente y a coincidir con el mundo de las acciones. Suena fácil pero requiere de disciplina y serenidad.

LO QUE ANOTAS EN EL CUADERNO

Odio la palabra “favor”. Es una palabra hipócrita. La gente que hace favores cree que los hace por bondad, cree que es desinteresado. En el fondo pocos son capaces de hacer favores sin esperar una recompensa.

Algunos hacen favores esperando a cambio un trato favorable. Otros los hacen para volverse indispensables. Hay quien hace favores para controlar al otro. Hay quien acepta de frente que si te hace un favor espera cobrártelo después, como Vito Corleone, pero a ese tipo de tratos los llamamos mafia.

Nietzsche decía que uno no debe aceptar favores porque quien los hace sólo quiere ahorcarte con la soga de tu agradecimiento.

Baudrillard decía que la única manera de pagar un favor es con venganza.

Yo creo que si es difícil mantener la mente de una sola persona, de uno mismo, limpia y en orden, es una tarea casi titánica mantener la de varias personas a la vez, y que además estén en sincronía.

Por eso es tan difícil encontrar un amigo de verdad, y si lo tienes cuéntalo entre tus bendiciones.

Cuando se mezclan las expectativas de uno con las expectativas de los demás, es una buena receta para el desorden.

Tengo una amiga que anota en su cuaderno todo lo que hace por los demás. Lo que te regaló en tu cumpleaños hace 3 años. La vez que te prestó una cartera porque combinaba con tu vestido. Cuando te llevó en su coche hasta la estación del metro.

Mi otra amiga se ríe. Dice “yo jamás podría tener un cuaderno así, hay que tener paciencia” y tiene razón, pero ella tiene un cuaderno peor en su mente en el que anota lo que los demás hacen por ella. Ella sabe con lujo de detalles quién la felicitó por su cumpleaños en facebook (y quién no). Sabe quiénes la apoyaron cuando se murió su perro (y quienes no). Sabe cuántas llamadas le has devuelto, si le respondiste o no el email la semana pasada, y si olvidaste traerle un recuerdo de Cancún.

Llevar cuentas como estas es un atentado contra ti mismo. Cada cosa que anotas en el cuaderno te roba tu paz mental. Cada página es un disco del juke-box, y regresará a atormentarte cuando estés dando vueltas en la cama intentando dormir. Cuando anotas lo que haces por los demás, tus regalos se transforman en favores. Cuando anotas lo que el otro te debe la deuda la pagas tú.

Mantener el equilibrio con las amistades requiere de una gran capacidad de orden. Saber poner cada cosa en su lugar. La mayoría de las amistades fracasan por las mismas razones: expectativas e incertidumbre. Así que aprender a manejarlas no sólo calmará tu mente, sino que además mejorará tu relación con los demás.

PASA LA PÁGINA

Llevo algún tiempo luchando contra estas dos sensaciones, y creo que he descubierto algunas ideas que son útiles para aprender a dejar los problemas atrás. Para sincronizar ambas líneas del tiempo. Como siempre os digo, no es una receta universal, y tampoco es un plan perfecto. No prometo ningún resultado, pero probarlo no cuesta nada, y quizás te funcionen.

1) No te ofendas. Ni con la realidad, ni con tus amigos. Si te despidieron de un trabajo, si no te contrataron aunque te fue bien en la entrevista, si alguien va o no va al funeral de tu abuelo, si se olvidaron del aniversario, no te ofendas. Si algo te ofende es porque tenías una expectativa que no se cumplió. El error es tuyo y no de la realidad o de tu amigo. Aprende de la realidad y ajústate a ella, no pretendas que la realidad se ajuste a ti.

2) Busca la acción en sí misma. Actuar es un privilegio y los frutos de tu acción no te pertenecen. No uses los frutos como motivo para actuar. Eso sólo te llevará a frustrarte.

3) No lleves la cuenta. De nada. Es anclarse en el pasado.

4) Resuelve los problemas en tu interior. No cargues con la puta. Cuando resuelvas algo en el mundo práctico, tómate un tiempo para resolver el problema en tu interior y asegúrate de que no se va a convertir en uno de 40 grandes éxitos de tu juke-box.

5) No fantasees sobre tu futuro. No tienes el control sobre lo que va a pasar. No te pongas en una posición en la que es imposible sentirte feliz con lo que tienes. Si pasas la mitad de tu vida fantaseando con que te darán el Nóbel, lo más probable es que te lleves una gran desilusión.

6) No te sacrifiques por los demás. Sé honesto contigo mismo y con los demás. Si no haces nada que no quieras hacer no estarás esperando nada de nadie y tampoco participarás de los juegos de los demás.

Este verano estoy escribiendo muchísimo, porque me estoy dedicando de lleno a escribir mi libro. Se llama “La Vida Simple” y ha vendido más de 30 mil copias. Si quieres saber mejor de qué va, pulsa aquí. Si lo quieres comprar a través de Paypal cuesta 15€ y lo puedes hacer aquí: http://pul.ly/b/50040

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Deja a la puta en la orilla del río

August 24, 2012

MALABARISMO MENTAL

La habitación está totalmente oscura pero nuestros ojos se van ajustando gradualmente a la oscuridad. Algunas figuras van apareciendo recortadas contra el fondo negro en una escala de grises. Primero distinguimos, cerca de la puerta, una figura grande y rectangular, una mesa. Sobre ella algunos libros. A la izquierda hay otro mueble un poco más bajo con un televisor, y más allá está la cama. Hay una mujer acostada en la cama intentado dormir. Soy yo.

Sé que este ejercicio de salirme del cuerpo para hacer un recorrido de la escena con vosotros es poco ortodoxo, pero al ser un recuerdo, es una licencia poética que puedo permitirme. En realidad la persona que está en la cama puede ser cualquiera. Podrías ser tú, o él, o ella, el pronombre da igual porque es una situación en la que hemos estado todos sin excepción.

La persona que está en la cama, es decir tú, está tapada hasta las orejas con la manta, y entre el aire acondicionado (al máximo) y la oscuridad (total) cualquiera pensaría que es una situación más que ideal para quedarse dormido. Pero no te duermes. Estás despierto. Cada cierto tiempo te das la vuelta, estiras la sábana, o arreglas la almohada, y sigues con el ejercicio de conciliar el sueño.

Si la escena fuese un cómic y tu personaje tuviese un bocadillo, dentro veríamos todo tipo de cosas. Algo sobre un examen oral que tienes al día siguiente por la mañana. También una frase que alguien te dijo en la oficina. El email que una amiga te envió echándote algo en cara. O la respuesta perfecta a un comentario que te hizo la profesora de francés en frente de todo el mundo y que se te ha venido a ocurrir ahora, diez horas tarde. De vez en cuando una alarma cruza la nube: “¡Tienes que dormirte! ¡Sólo te quedan tres horas!”

En resumen: hace poco descubrí que no padezco de insomnio. Mi aflicción es más general y menos misteriosa, es algo a lo que me gusta llamar “malabarismo mental”. Es un problema de desorden de pensamientos que va más allá del sueño, y que más bien inunda casi cualquier actividad. Consiste en algo tan simple que creo que a nadie se le ocurriría diagnosticarlo. El malabarismo mental consiste en que los pensamientos y las acciones no coinciden.

A ver si se entiende: estoy haciendo una cosa mientras pienso en otra. Es decir, que mientras haces algo que requiere de tu atención, estás en realidad pensando en una cantidad de problemas y escenarios que no tienen nada que ver con lo que estás haciendo en el momento.

Parte del problema es que las acciones que uno realiza en el presente son limitadas (en un segundo particular sólo puedo hacer una cosa), pero el espacio mental que puedes dedicarle a la basura es ilimitado, como un juke-box de la miseria en rotación contínua. Es imposible disfrutar del momento cuando tienes los 40 grandes éxitos dando vueltas en tu cabeza, pero además, cuando divides tu atención entre 4 cosas diferentes no haces nada bien.

Si estás pensando en un examen mientras tratas de dormir, lo más probable es que no hagas bien ninguna de las dos. No puedes resolver el examen a las 2 am desde tu cama, pero sí puedes quedarte dormido mañana durante el examen.

LÍNEAS DEL TIEMPO

No entiendo de pintura ni de fotografía. No es que no me gusten, es que no las entiendo. A diferencia de la música, del cine, o de la literatura, no sé cuánto tiempo se supone que tengo que estar ahí mirando. Quiero decir, que la pintura y la fotografía no se experimentan a través del tiempo, y eso hace que me cueste entender cómo disfrutarlas.

No es algo tan raro. Todos tenemos problemas con la experiencia del tiempo. A nuestra conciencia no le resulta fácil manejarlo. Muchas de las actividades que hacemos tienen como objetivo darle forma o estructura al tiempo. De otro modo no sabemos qué hacer.

Por eso la conciencia tiene un inventario de problemas reservado en el juke-box para esos momentos. Saca alguno cuando siente esa necesidad de estructurar el tiempo. Nosotros creemos que los problemas que nos arroja el juke-box nos interesan, caemos en la trampa de la conciencia, y pasamos un buen rato analizando pros y contras, escenarios alternativos, etc sin darnos cuenta de que todo es una estrategia para mantenernos ocupados.

En realidad operamos en dos líneas del tiempo diferentes. la primera línea del tiempo es la de la acción. En esa línea del tiempo están las acciones que hacemos en el momento en el que las hacemos. Tú por ejemplo, estás leyendo esto. Yo estoy escribiéndolo, aunque para el momento en el que tú lo leas ya no estaré escribiéndolo sino que estaré haciendo otra cosa. La línea del tiempo de la acción es un eterno presente, no tiene pasado ni tiene futuro.

Después está la línea del tiempo de la mente que se superpone a la de la acción. Es sólo en esa línea del tiempo en la que existe el pasado, el futuro, y los presentes alternativos. En ella se guardan los recuerdos, y se generan las fantasías. En ella se acumulan culpas, frustraciones, y también alegrías y orgullo.

DEJA A LA PUTA EN LA ORILLA DEL RÍO

Un monje y su pupilo peregrinaban por una montaña. En la orilla de un río se encontraron con una puta que les pidió ayuda para cruzar al otro lado. El maestro cargó a la puta en su espalda y cruzó con ella el río, la dejó en la otra orilla. La puta se despidió y reanudó su marcha, los monjes también la suya.

Horas después el pupilo le preguntó a su maestro: “¿por qué cargaste con la puta a través del río? ¿Te olvidaste de que no podemos tocar mujeres, mucho menos mujeres como esa?”

El maestro le respondió: “yo dejé a la puta en la orilla del río, pero tú sigues cargándola”.

Hay problemas que se arrastran en el tiempo. Que independientemente de la solución práctica del problema, hay un aspecto interno de ese problema que está desligado de lo práctico y al que nos aferramos. Es un apego a las situaciones que nos hace cargar con ellas mucho tiempo.

Conozco a una mujer que llegó a un cargo muy alto en un banco y la despidieron. Al poco tiempo encontró otro trabajo y no le va mal. De eso hace 20 años, pero ella sigue hablando de su problema hasta el día de hoy.

También sé de un hombre al que su mujer lo engañó con otro hace seis años. El hombre quiso seguir con ella, y aunque aceptó sus disculpas, nunca la perdonó en su interior. Hasta el día de hoy la culpa por su infelicidad.

Estos problemas tienen que ver con anclarse en el pasado. Cuando la mente está en el pasado arrastramos problemas, cargamos con la puta, comparamos nuestra realidad con un pasado mejor, o nos lamentamos de ofensas que debieron quedar atrás.

También podemos anclarnos en el futuro cuando generamos expectativas fantasiosas que no se cumplen. En realidad los problemas que se arrastran en el tiempo tienen dos orígenes:

1) Expectativas: tenemos una idea clara de lo que va a pasar. O de lo que queremos que ocurra. Construimos una fantasía y pretendemos imponérsela a la realidad. Cuando la realidad nos señala que estamos en un error, que lo nuestro es una fantasía, nos frustramos.

Ocurre con los planes a futuro, pero también ocurre con ideas que damos por sentado. La ejecutiva del banco creía que bastaba con trabajar bien para tener su puesto toda la vida. Tanto creyó en su fantasía que construyó su identidad alrededor de su trabajo, su vida giraba en torno a él. Cuando la despidieron no lo supo manejar. Encontró otro trabajo (resolvió el problema en lo práctico) pero no se liberó del problema en su interior y sigue arrastrándolo hasta hoy.

Lo mismo con el matrimonio y la infidelidad, o con las expectativas de vida. La gente que cree que va a estar en algún punto en algún momento, creen que basta con proyectarse para alcanzar una meta. Padres que creen que a los hijos hay que “impulsarlos” como si fuesen proyectiles.

Trazarse expectativas tiene que ver con escribir un guión para la vida, cuando la vida no se ajusta a nuestro guión nos angustiamos. Es la idea de que no tenemos control sobre lo que ocurre lo que genera esa angustia.

2) Incertidumbre: el segundo problema es de incertidumbre. Cuando no tenemos la certeza de saber cuál será el desenlace de una situación, no tenemos ni idea de lo que va a ocurrir.

Este es otro problema que nos mantiene despiertos por la noche. No sabes qué preguntas te harán mañana en el examen, no sabes cómo vas a responder, no sabes qué nota vas a sacar, no sabes qué carrera vas a estudiar, en qué universidad, no sabes si te darán un trabajo o no, no sabes qué quieres hacer con tu vida, o dónde se supone que deberías estar.

Al final ambos orígenes son el mismo: miedo a vivir sin seguridades, no poder anticiparse a lo que va a ocurrir. El único antídoto para esa angustia es aprender a hacer que las dos líneas del tiempo coincidan. Que la mente aprenda a vivir en el presente y a coincidir con el mundo de las acciones. Suena fácil pero requiere de disciplina y serenidad.

LO QUE ANOTAS EN EL CUADERNO

Odio la palabra “favor”. Es una palabra hipócrita. La gente que hace favores cree que los hace por bondad, cree que es desinteresado. En el fondo pocos son capaces de hacer favores sin esperar una recompensa.

Algunos hacen favores esperando a cambio un trato favorable. Otros los hacen para volverse indispensables. Hay quien hace favores para controlar al otro. Hay quien acepta de frente que si te hace un favor espera cobrártelo después, como Vito Corleone, pero a ese tipo de tratos los llamamos mafia.

Nietzsche decía que uno no debe aceptar favores porque quien los hace sólo quiere ahorcarte con la soga de tu agradecimiento.

Baudrillard decía que la única manera de pagar un favor es con venganza.

Yo creo que si es difícil mantener la mente de una sola persona, de uno mismo, limpia y en orden, es una tarea casi titánica mantener la de varias personas a la vez, y que además estén en sincronía.

Por eso es tan difícil encontrar un amigo de verdad, y si lo tienes cuéntalo entre tus bendiciones.

Cuando se mezclan las expectativas de uno con las expectativas de los demás, es una buena receta para el desorden.

Tengo una amiga que anota en su cuaderno todo lo que hace por los demás. Lo que te regaló en tu cumpleaños hace 3 años. La vez que te prestó una cartera porque combinaba con tu vestido. Cuando te llevó en su coche hasta la estación del metro.

Mi otra amiga se ríe. Dice “yo jamás podría tener un cuaderno así, hay que tener paciencia” y tiene razón, pero ella tiene un cuaderno peor en su mente en el que anota lo que los demás hacen por ella. Ella sabe con lujo de detalles quién la felicitó por su cumpleaños en facebook (y quién no). Sabe quiénes la apoyaron cuando se murió su perro (y quienes no). Sabe cuántas llamadas le has devuelto, si le respondiste o no el email la semana pasada, y si olvidaste traerle un recuerdo de Cancún.

Llevar cuentas como estas es un atentado contra ti mismo. Cada cosa que anotas en el cuaderno te roba tu paz mental. Cada página es un disco del juke-box, y regresará a atormentarte cuando estés dando vueltas en la cama intentando dormir. Cuando anotas lo que haces por los demás, tus regalos se transforman en favores. Cuando anotas lo que el otro te debe la deuda la pagas tú.

Mantener el equilibrio con las amistades requiere de una gran capacidad de orden. Saber poner cada cosa en su lugar. La mayoría de las amistades fracasan por las mismas razones: expectativas e incertidumbre. Así que aprender a manejarlas no sólo calmará tu mente, sino que además mejorará tu relación con los demás.

PASA LA PÁGINA

Llevo algún tiempo luchando contra estas dos sensaciones, y creo que he descubierto algunas ideas que son útiles para aprender a dejar los problemas atrás. Para sincronizar ambas líneas del tiempo. Como siempre os digo, no es una receta universal, y tampoco es un plan perfecto. No prometo ningún resultado, pero probarlo no cuesta nada, y quizás te funcionen.

1) No te ofendas. Ni con la realidad, ni con tus amigos. Si te despidieron de un trabajo, si no te contrataron aunque te fue bien en la entrevista, si alguien va o no va al funeral de tu abuelo, si se olvidaron del aniversario, no te ofendas. Si algo te ofende es porque tenías una expectativa que no se cumplió. El error es tuyo y no de la realidad o de tu amigo. Aprende de la realidad y ajústate a ella, no pretendas que la realidad se ajuste a ti.

2) Busca la acción en sí misma. Actuar es un privilegio y los frutos de tu acción no te pertenecen. No uses los frutos como motivo para actuar. Eso sólo te llevará a frustrarte.

3) No lleves la cuenta. De nada. Es anclarse en el pasado.

4) Resuelve los problemas en tu interior. No cargues con la puta. Cuando resuelvas algo en el mundo práctico, tómate un tiempo para resolver el problema en tu interior y asegúrate de que no se va a convertir en uno de 40 grandes éxitos de tu juke-box.

5) No fantasees sobre tu futuro. No tienes el control sobre lo que va a pasar. No te pongas en una posición en la que es imposible sentirte feliz con lo que tienes. Si pasas la mitad de tu vida fantaseando con que te darán el Nóbel, lo más probable es que te lleves una gran desilusión.

6) No te sacrifiques por los demás. Sé honesto contigo mismo y con los demás. Si no haces nada que no quieras hacer no estarás esperando nada de nadie y tampoco participarás de los juegos de los demás.

La importancia de desconectar

August 5, 2012

Desde el balcón del apartamento en el que estoy el mundo es simple. A varios pisos de altura las personas dejan de ser universos, sus historias desaparecen, no hay puntos de giro, ni sueños, no hay miedos, ni siquiera deseos. Desde aquí son sólo figuritas. Las hileras de sombrillas en la playa me recuerdan a la placa base de un ordenador con sus circuitos diminutos y sus soldaduras de estaño. El mar también cambia con la distancia. Es algo tan tranquilo como la superficie de un vaso de agua. Nadie imaginaría lo que ocurre bajo su superficie. Tuve que venir de emergencia a Miami casi un mes antes de lo previsto porque mi abuelo está enfermo.

Mi padre había llegado antes que yo, y pasamos varios días juntos. Soy una persona sensible así que reencontrarme con la familia después de mucho tiempo me revuelve los recuerdos. Cuando se trata de mi padre son siempre los mismos. Yo tengo unos 8 o 10 años y él nos lleva a mi hermana y a mí a patinar al parque, o al planetario, nos lleva a comer pizza, a jugar racquetball, a conciertos de música académica, a las librerías. En algunos recuerdos me está enseñando a montar mi primer ordenador, paso por paso, con mucha paciencia. O se sienta conmigo a ver los capítulos de su colección de la serie Cosmos de Carl Sagan, que había grabado en casettes de Betamax.

Pero por alguna razón todos esos recuerdos se detienen abruptamente en algún punto de 1995. Tenía 10 años, estaba en 5to grado de la escuela básica, y por alguna razón que nunca supe, todo eso se detuvo. No más parque, ni pizzas, ni playa, ni racquet. Todo se acabó de golpe. Mi padre empezó a pasar más tiempo en su estudio y menos tiempo con nosotras. En el momento no me di cuenta. Imagino que cuando uno está metido dentro de la situación no te planteas lo que ocurre, o más bien que es con la sumatoria de las acciones puntuales a lo largo del tiempo que descubres el patrón. Pero ahora, con la distancia, veo una línea muy clara.

Desde que descubrí eso, ese antes y ese después de 1995, me comí mucho la cabeza pensando en qué fue lo que pasó. Imaginé peleas dramáticas a puerta cerrada, peleas en plan soap opera en la que se toman decisiones pero no se le dice nada a los niños por su propio bien. Imaginé historias de triangulos amorosos, o amenazas de divorcio. Pensé que a lo mejor a mi padre le fue muy mal en algún negocio y no nos dijo nada, algún tema así, un detonante puntual y trágico que cambio las rutinas de mi casa.

Pero después de años de preguntármelo, ayer descubrí cuál fue el detonante. Para mi sorpresa no fue nada dramático. No fue una pelea, no fue un mal negocio, ni un desequilibrio psicológico. Desde cualquier punto de vista lo que voy a decir parecería una tontería, y nadie le atribuiría el peso que realmente tiene. Lo que ocurrió en el año de 1995 fue que llegó CompuServe. Cada noche a partir de entonces en mi casa sonaba la canción del dial-up, esa melodía de tonos de teléfono, y mi padre se conectaba a internet. No volvió a salir de su estudio.

Es probable que tú también identifiques un cambio en tu vida, un antes y un después de la llegada de internet, si haces memoria. Da igual si ocurrió en los 90, o hace unos meses, el caso es que es probable que tu vida sea diferente a causa de internet. Y no me refiero a cambios prácticos del tipo “me he ahorrado cantidad de viajes a la biblioteca” sino a cambios que van más allá de lo utilitario. En mi caso el cambio no ha sido únicamente en la relación con la gente que quiero, sino también conmigo misma.

Hasta ahora siempre he defendido la tecnología. No podría ser de otra manera porque internet no es un pasatiempo para mí, sino que es mi modo de vida. Gracias a internet he ganado cosas maravillosas. He logrado dedicarme a lo que me gusta, hacerlo como me gusta, sin intermediarios y sin concesiones, y además tengo la gran suerte de poder vivir de ello. Gracias a internet tengo una comunidad rica de lectores que me apoyan en lo que hago.

Pero al mismo tiempo también veo la parte negativa de usar internet. Toda herramienta poderosa tiene cosas buenas y cosas malas, internet no es la excepción. A veces, al igual que mi padre, puedo pasar más de veinte horas al día pegada a una pantalla. Una parte importante de ese tiempo lo dedico a trabajar, y aunque me gusta engañarme a mi misma diciéndome que es TODO el tiempo, en realidad pierdo una gran cantidad de horas a la semana haciendo nada en internet hasta el punto de que dejo de hacer cosas que me gustan por estar aquí.

Se podría decir que internet es una adicción, sólo que puede ser difícil identificarla porque para muchos de nosotros internet es también nuestro trabajo.

SISTEMAS DE RECOMPENSAS

Hay áreas del cerebro que se encargan de tareas muy específicas. Por ejemplo, con la vista, hay un área del cerebro que se encarga de identificar objetos estáticos, y otra que se encarga de identificar objetos que están en movimiento. Hay un área para identificar el color, y otra para integrar la visión de ambos ojos. Lo mismo ocurre con el lenguaje, con las habilidades motoras, y también con la memoria.

En el caso de la memoria, hay un área que se encarga de la memoria a largo plazo, y otra de la memoria inmediata. Pero cuando se trata de los hábitos hay un área específica del cerebro ligada a la memoria que se encarga de recordarlos. Pueden ser secuencias altamente complejas, desde cómo preparar una limonada hasta cómo desmontar el motor de un coche. Los hábitos se fijan en la misma área del cerebro que se encarga de recordar cómo montar bicicleta. Así que si repites algo muchas veces la conexión se fortalece y se fija dentro de ese área del cerebro.

Quizás hayas escuchado alguna vez que es difícil olvidar lo que uno aprende. Olvidar cómo conducir, cómo leer, o cómo ir en bici es muy difícil, una vez que lo aprendes es casi imposible olvidarlo, aunque pasen 40 años. Por eso en los programas de rehabilitación de 12 pasos suelen decir que un adicto es adicto para toda la vida, que aunque hayas dejado de fumar, si pruebas un cigarrillo vas a recuperar el hábito muy rápido porque nunca dejaste de ser un fumador, solo dejaste de fumar. Tu hábito, esa secuencia de pasos, sigue ahí, archivado en tu memoria, para siempre.

Pero no todos los hábitos son aprendizajes o rituales. Hay hábitos que hemos aprendido porque nos ofrecen un marco de acciones y recompensas, de gratificaciones inmediatas. A los perros, por ejemplo, se les entrena usando premios (galletas). Si quieres que el perro te de la pata, le das a cambio una de estas galletas. A la larga, una vez que el perro forma el hábito, te dará la pata aunque no le des una galleta en esa oportunidad.

Internet es parecido. Hay un sistema de gratificaciones inmediatas. Cada vez que pulsas sobre un enlace, obtienes una recompensa. La recompensa es un estímulo (una foto, un vídeo, un texto). Cada vez que dices algo en twitter, por ejemplo, las menciones que recibes, o los retweets son recompensas, y lo mismo con los likes de facebook, y hasta con los emails en tu bandeja de entrada (da igual si la recompensa es positiva o negativa, siempre que haya una respuesta del otro lado será gratificante). Mientras más inmediata es la recompensa más te engancha.

Esa es la razón por la que AUNQUE uno puede preferir hacer alguna cosa (ir a la playa, pasar tiempo con la gente que quieres, ir a una reunión) a veces te puede más la pantalla. No se trata de que prefieras estar en internet refrescando Facebook. Se trata de que es una gratificación más inmediata que cualquier otra. Es fácil obtenerla, sólo tienes que quedarte allí.

La parte más complicada es la manera en la que estos hábitos se fijan. Pasan de ser hábitos a ser rutinas. Ya se espera y se sobreentiende que estarás frente al ordenador toda la tarde, y ni te lo planteas. O puede que te lo plantees y hasta te sientas culpable por pasar tantas horas pegado a una pantalla, pero aún así no sepas cómo ponerle un freno.

La adicción a internet es simplemente uno de los efectos de un problema más grande, porque no fijamos los objetos, sino los sistemas de recompensa. Internet es solo uno más. La mayoría nos fijamos una serie de rutinas diarias que quizás empezamos a hacer por necesidad, pero que se perpetúan en el tiempo por inercia, porque no sabemos cortar con ellas, o peor aún, porque somos incapaces de identificarlas.

A esas rutinas yo las llamo “fósiles”. Son patrones antiguos, patrones muertos, que han quedado atrapados, o “preservados” si lo prefieres, en nuestra cotidianidad. Hay fósiles de estos en todo lo que hacemos. Desde la manera que tenemos de preparar una comida, hasta en nuestras relaciones con la gente cercana. Ya hablé de esto antes en un artículo sobre el maquillaje que puedes leer aquí.

El problema de estos fósiles es que te impiden hacer cosas que realmente deseas. A veces es posible identificarlos y otras veces no. Para poderlos identificar hay que separarse, desconectarse por un tiempo de esas rutinas diarias para mirarnos desde una nueva perspectiva.

UN NUEVO ORDEN

Hay una regla tácita entre los escritores y es que uno nunca debe disculparse por lo que hace en su blog. Es poco serio, por ejemplo, empezar una entrada disculpándote por haberte tomado un tiempo, o por no actualizar más a menudo. Es una actitud de blogger, no de escritor, y específicamente una actitud de blogger de Livejournal.

No me malinterpretéis, se pueden ofrecer explicaciones, pero nunca en tono de disculpa, y mejor si no las das. Porque hacerlo te pone por debajo de quienes te leen. Te hace sentir que escribir es una obligación, que en lugar de trabajar en algo que te gusta, estás cumpliendo con algo que les debes. Eso mata la voluntad de cualquiera.

Así que lo que voy a deciros no es una disculpa, es un ejemplo. Entre el último artículo que escribí y este han pasado varias semanas. No sólo no escribí en el blog sino que tampoco me he metido en twitter, ni en facebook. Decidí desconectarme. Fue en parte una decisión personal, y también fue algo circunstancial. Isra tenía que ir a Singapur a arreglar unas cosas de negocios, y yo iba a ir con él, cuando ocurrió lo de mi abuelo. Yo decidí aprovechar que él iba a estar ocupado varios días para irme a Miami. Era la primera vez en 3 años que nos separábamos por tanto tiempo.

Fue un buen momento para desconectar porque tenía responsabilidades más importantes que internet. Pero no sólo me desconecté de internet, me desconecté de todo: de mi pareja, de mis rutinas, del orden cotidiano. Isra también se desconectó. Y gracias a la distancia, a esa desconexión, descubrimos dimensiones de nuestra relación que no conocíamos. Hicimos planes nuevos, y conversamos con honestidad sobre cosas que quizás no hubiésemos dicho de estar inmersos en nuestras rutinas. Gracias a la distancia tomamos decisiones que nos llenan de alegría.

No sólo se trata de desconectarse de un ser amado para descubrir el potencial de una relación, o separarse de internet porque te roba el espacio para hacer otras cosas. La idea de desconectar puede ser una bendición independientemente del objeto del que te estás desconectando. Cada quién tiene sus propios fósiles, así que es probable que tú necesites desconectarte de cosas diferentes a las mías.

Te puedes desconectar del entorno para conectar con tu interior. Desconectarte de lo mundano para sentir lo espiritual, o desconectar de lo espiritual para descubrir el cuerpo. Te puedes desconectar de la razón para suspender el descrédito, te puedes desconectar de tus certezas, o de las cosas que te producen apego. La idea de desconectarse está tan ligada a nuestra espiritualidad que en casi cualquier religión hay prácticas para eso.

Los hindúes peregrinan. Los cristianos hacen retiros. En la religión judía los sábados (shabat) son días sagrados de desconexión con lo mundano. Y más allá de las religiones, las historias que nos contamos, todo personaje importante tiene un momento de desconexión. El héroe de las mil caras, el protagonista de todos nuestros mitos inicia su aventura con una desconexión: se separa de lo que conoce hacia un mundo desconocido para crear un nuevo orden.

Cuando armamos un puzzle primero tenemos que sacar las piezas de la caja, separarlas, para tratar de unirlas en un nuevo orden con sentido. Lo mismo ocurre con la desconexión. La desconexión es una separación, es un requisito para el orden. Como somos personas dinámicas con vidas cambiantes, cada cierto tiempo tenemos que hacer ajustes a nuestro orden, y para eso es necesario desconectar.

DISTANCIA Y PERCEPCIÓN

Hay una regla que le gusta repetir a los profesores de escritura creativa, como si fuese una especie de fórmula mágica que te permitirá escribir bien. Esa regla es show, don’t tell que significa “En lugar de explicarlo enséñalo”. ¿Qué quiere decir en la práctica? que si tienes un personaje que se supone que es cómico, no digas que es cómico, haz que sea cómico en sus acciones y que el lector saque sus propias conclusiones.

El problema de show, don’t tell es que a veces puede ser un método insuficiente. Los buenos narradores no sólo enseñan, también explican. Porque a menos de que tengas una escena realmente contundente, si no explicas las cosas, el lector sólo podrá sacar conclusiones sobre un personaje con el tiempo. Sólo después de observar sus acciones una y otra vez, será capaz de identificar patrones y describir el carácter de un personaje. Así que quizás descubre que el personaje es cómico en la mitad de la novela. Es la sumatoria de detalles lo que dibuja el cuadro general.

Lo mismo ocurre con la pintura. Hay una escena en Clueless en la que Cher le dice a alguien: “ella es como un Monet, de lejos se ve muy bien, pero cuando te acercas te das cuenta de que es un desastre”. Si miras una pintura impresionista de cerca, nunca te imaginarías lo que aparece cuando te alejas. La percepción cambia con la distancia y por eso para poder identificar los patrones difíciles en la vida de uno, hace falta un ajuste de perspectiva.

Escribí un libro que se llama La Vida Simple. Trata sobre temas como este. Cuesta 15€ y ha vendido más de 30 mil copias. Si quieres saber más puedes leer pulsando aquí. O si ya sabes de qué va y lo puedes comprar directamente en paypal pulsando aquí.

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Eres la excepción a la regla

May 27, 2012

Soy judía, mujer, y a pesar de ser española tengo acento venezolano. Me han metido y sacado de todo tipo de sacos. He sido acusada, excusada, y juzgada, dependiendo de la parte de mí a la que se refieren. Me han considerado “una excepción”. Me han considerado “la regla”. Me han considerado “especial”. Todo sin que yo haya tenido que mover un dedo. Con lo que sé un par de cosas sobre las etiquetas. Voy a comenzar relatando un incidente que ocurrió hace unos años.

Estoy en una feria de trastos usados. Hay algunas curiosidades, pero en su mayoría son cosas viejas y no antiguas. Cómics repetidos, camisetas desteñidas de bandas populares como Pink Floyd, ¿sabes? esas camisetas que todo el mundo ya tiene y que por lo tanto no interesan. Estoy aburrida y a punto de irme, cuando de pronto, entre una caseta y otra, me topo de frente con un grupo de viejos amigos.

Pasó tanto tiempo desde la última vez que los había visto, que el grupo había cambiado. Cuando pasa algo así uno se queda perplejo. En la memoria nada se mueve, todo permanece como la última vez. Tu tío que murió joven, tendrá 35 años para siempre. Tus amigos de la universidad a los que no volviste a ver tendrán 20 años hasta que los encuentres por Facebook y en una sola tarde envejecerán de golpe los otros 20 cuando los etiqueten en una foto con mujer, hijos, y entradas.

Me pasa eso con ese grupo. Me descubro perpleja al descubrir la ausencia de algunas personas a las que consideraba “fijas”, pregunto por ellos y me responden algo vago: “oh, sí, se fue a vivir a Londres” o “ahora toca bajo en una banda de ruido”. La experiencia se repite al encontrarme con algunas caras nuevas, gente desconocida que llegó después de mí al grupo y que por lo tanto en mi memoria no existían.

Entre la gente nueva que me presentan hay dos mujeres, una rubia pecosa muy delgada, lleva jeans y gafas de pasta, y me resulta agradable a la vista. Su hermana es un poco gorda, lleva una camiseta de una banda de metal épico, y va de la mano con su novio, un chico con un bigote raro. Si yo fuese una buena persona me guardaría los nombres, pero no lo soy. La primera se llama Gabriela. A su hermana la llaman “Tumy”.

Gabriela y “Tumy” no son violentas ni agresivas, pero hay algo en el tono de su voz, en la forma condescendiente en la que sonríen mientras yo hablo que hace que me sienta a la defensiva. No es algo abierto ni directo, es más bien algo sutil. Como suelo dudar de mis propios sentimientos, no le doy importancia y voy con ellos a tomar algo.

Cogemos una mesa en la que alguien dejó un periódico del día. Revisamos la cartelera por curiosidad, y discutimos la posibilidad de ir al cine. Alguien sugiere ir a ver “El Pianista” esa peli con Adrien Brody sobre un pianista judío que sobrevivió al holocausto. Yo no digo nada porque esas películas me deprimen, no me gustan los dramas de guerra, o de catástrofes.

El novio de “Tumy”, el del bigote raro, se gira hacia mí, sonríe y dice: “Hollywood está controlado por judíos. Estas películas de judíos que se hacen las víctimas se las pueden meter por el culo.” Yo, que tengo 18 años y todavía no he aprendido el arte de lidiar con gente de mierda, le pregunto qué quiere decir con eso. Él responde: “Probablemente no debería decir esto en público, pero si Hitler hubiese tenido éxito, nos hubiese hecho un favor a todos. Obviamente no estoy a favor de Hitler, pero si los judíos desaparecieran sería mejor” Cojo la cerveza que me estoy bebiendo, se la vacío en la cabeza. Se la vacío completa y observo la reacción de sus amigos. Después de hacer esto sonrío, y me voy. Con este tipo de gente la sutilidad es contraproducente.

Lo que no supe hasta meses después es que Gabriela y “Tumy” se hacían llamar “las hermanas germanas” porque eran de familia alemana. Su abuelo fue nazi, formó parte de la Gestapo, y ellas se sentían tope orgullosas de su árbol genealógico, y de su pureza genética. De ahí la hostilidad hacia mí. El novio del bigote raro sólo estaba haciéndoles la pelota.

Este es un caso extremo, el más extremo con el que me he encontrado. Lo que me afectó no fue la opinión de las “hermanas germanas” o del tío del bigote raro. Lo que me hizo sentir mal fue ver que todo el grupo, gente a la que yo consideraba “viejos amigos” no hicieron nada. Se quedaron ahí, riéndose de la situación.

El odio ciego no duele porque es eso, ciego. Lo que molesta son las actitudes intermedias. Gente que repite la opinión de otros sin saber mucho del tema, o que habla de las etiquetas sin tomar en cuenta la realidad. La gente reacciona de muchas formas diferentes cuando digo que soy judía. Muchos creen que los judíos son esos hombres raros de sombrero y rizos que vieron un día en la tele. Otros creen que son magnates mafiosos que controlan el dinero. La mayoría piensa que nos hacemos las víctimas para despertar simpatía con algún propósito turbio.

Ser judío no tiene mucho que ver con esas cosas. Es algo que sólo puede entender alguien que ha conocido a los judíos. Algunos judíos religiosos, los ortodoxos, llevan sombrero y rizos, pero son un porcentaje mínimo. Hay magnates mafiosos que son judíos, pero no son mafiosos por ser judíos, son mafiosos porque son mafiosos, lo de judíos es sólo un accidente. La realidad es que la mayoría de los judíos son gente laica como yo. Gente que sin ser religiosa, siente un lazo cultural con el judaísmo, un lazo de procedencia, como puede sentirlo un español con España.

Me pasa también con el tema de ser mujer. A veces cuando escucho hablar a la gente, o veo cierto tipo de anuncios siento que soy una especie de extraterrestre, que las cosas que se supone que tienen que gustarme no me gustan. A veces he llegado a sentirme mal por eso, porque la gente espera de mí algo que no puedo dar. Se supone que las mujeres somos suaves. Débiles. Frágiles. Se supone que somos superficiales. Que nos gusta hablar. Que nos gusta la familia. Que somos gregarias. Que podemos hacer 10 cosas al mismo tiempo. Pero ¿qué pasa si se es mujer y no se cumple con ninguno de estos criterios? ¿Qué pasa si soy una mujer fuerte, si no soporto la conversación fácil? ¿Si mi concentración es más afilada que un cuchillo pero sólo puedo enfocarme en una cosa a la vez? Una vez intenté freir un huevo y hablar por teléfono. Cuando colgué el plátano me di cuenta de que había freído el móvil. No creo que soy la única con este tipo de problemas.

Lo del acento sudamericano es lo peor. Aquí en España la gente habla de Sudamérica como si fuese un cubo de mierda. Uno podría pensar que gente como Boris Izaguirre e Ivonne Reyes han hecho un buen trabajo enseñando a los españoles cómo son los venezolanos, pero la realidad es que Chavez puede más que todos juntos. Cuando alguien escucha mi acento sin conocerme encuentra en mí a una venezolana, a una persona de segunda categoría que tiene por presidente a un payaso que canta rancheras en los discursos y habla de sus intestinos por televisión. Da igual si soy española, si soy una persona culta, si mi padre es español, que lo es, si mi madre es de Austria, que lo es, o si caí en Venezuela por un accidente de la naturaleza. Basta con que abra la boca para caer en ese saco sin pasar por la casilla de salida ni cobrar 200.

Si formas parte de una minoría, así sea de una minoría auto-impuesta, sueles estar expuesto a estas cosas. Nos pasa a todos en mayor o menor medida. Cuando eso pasa seguramente te sientes mal. Es normal sentirse mal porque cuando perteneces a un grupo sientes que lo que dicen sobre tu grupo es algo que dicen sobre ti. Cuando alguien cuestiona la identidad de tu grupo cuestiona también tu identidad individual. Todos nos hemos sentido así alguna vez.

Por eso cuando me decían estas cosas yo solía responder con contundencia. Solía tratar de explicarle a la persona dónde estaba su error. También he visto cómo otros frente al mismo tipo de situaciones actúan con la misma contundencia, pero no saben qué argumentos dar. Quiero decir, que algunas personas se sienten mal, pero no siempre saben qué es lo que les produce ese sentimiento, si lo que dice el otro es real o no, ni como rebatirlo. Entonces suelen usar el argumento de “no generalices” del que hablo en el vídeo. Es una forma de decir: “puede que pienses que algunos miembros de mi grupo son así, pero eso no significa que YO soy así”.

La verdad es que casi todos estos esfuerzos son en vano. La mayoría de la gente tiene ideas formadas acerca de las minorías, las conozcan o no, y esas ideas han sido reforzadas por la cultura en la que viven. Es imposible rebatir las ideas generales porque no es posible comprobarlas. ¿Son los judíos avaros? No lo sé. Puede que muchos lo sean, otros no lo serán, pero no sé si la avaricia es un rasgo que los define. Lo único que puedo decir es que yo no me considero avara, pero ¿quién sí se considera así?

La única forma de dejar de sentirse mal cuando uno se enfrenta a gente que te mete en un saco, y te pone una etiqueta es recordar que el grupo al que perteneces no te define. Eso es algo que tú eliges. Soy judía, me siento judía, pero sé que existe una diferencia entre el judaísmo y yo. Si alguien dice algo sobre el judaísmo no necesariamente está atacandome a mí en mi identidad individual. Lo mismo con el lugar de origen, el acento, los rasgos físicos, o el sexo.

También ayuda pensar que el problema real no está en las ideas preconcebidas que existen sobre una cultura, o sobre una minoría. Esas ideas son formas de construir nuestro mapa mental, son generalizaciones necesarias, aún si son generalizaciones de tipo negativo. El problema sólo se hace real cuando a partir de una generalización te juzgan a ti como individuo sin darte la oportunidad de demostrar cómo eres más allá de la etiqueta. Si alguien dice que los judíos son avaros, no tengo por qué ofenderme, soy capaz de excluirme de esa categoría, pero si alguien me dice que yo en lo personal soy avara PORQUE soy judía, ahí ya tenemos un problema.

Hay que aprender a desprenderse un poco del grupo al que uno cree que pertenece. Es la única manera de llegar a conocerse. Cuando adquieres distancia ciertas cosas se dibujan con más precisión. Desde una nueva perspectiva, entiendes que la mayoría de las mujeres sí son suaves, sí son femeninas, y sí quieren tener una familia, con lo que entiendo que nos pongan esas etiquetas. Yo soy una excepción.

Lo mismo ocurre con Sudamérica. Me duela o no, la realidad es que Venezuela actualmente sí es un cubo de mierda, que el 80% de la gente vive en favelas, que el 50% sí voto por el payaso que canta rancheras, y que es esa la mayoría, los Boris Izaguirres somos la excepción.

Los judíos sí suelen tener más dinero y un mayor grado de instrucción que el ciudadano promedio en el país en el que vive, que la cara más distintiva y reconocible es la de los hombres raros de sombrero y rulitos, y a partir de ahí es fácil sacar la conclusión de que somos gente rara. En este caso yo formo parte de la mayoría, pero en el caso de los judíos la mayoría es invisible.

Digo todas estas cosas porque esta semana estuve en Madrid. Pasé varios días allí porque me llamaron de una editorial importante con la idea de publicar mi libro de La Vida Simple en papel. Fui a reunirme con ellos, pero decidí quedarme más tiempo porque me encantó la ciudad. Durante mi estadía fue la final de la Copa del Rey en la que los hinchas del Athletic de Bilbao y los del Barça decidieron unirse para pitar el himno nacional.

La verdad es que yo no he vivido en España y por lo tanto desconozco los roces regionales, las pugnas entre autonomías, y la intención de los separatistas. De estas cosas sólo puedo hablar como una espectadora, una extranjera que ve todo esto sin entender mucho. Aún así sentí que la relación entre los diferentes pueblos que conforman España es a veces tensa. La gente está sensible en cuanto a su región, porque hay categorías, etiquetas, y sacos para todos. En España de tu acento dependen muchas cosas. Ser canario, andaluz, gallego, vasco, o catalán tiene connotaciones muy diferentes, y la gente parece juzgarse entre sí.

Yo no conocía esta sensibilidad, pero puedo entenderla porque yo también formo parte de varias minorías, y he estado en la posición en la que sientes que tienes que defender al grupo al que perteneces. Pero quería decir que el mecanismo por el que se imponen estas ideas es bastante simple. Los grupos de personas tienden a considerarse, como grupo, mejores de lo que realmente son, tienden a minimizar las diferencias entre sus miembros, a buscar un “otro” para definirse por la diferencia, y a pensar que ese otro es peor que ellos. Esto es lo que permite la cohesión social. Lo expliqué con más detenimiento en mi artículo sobre estar en medio que puedes leer aquí. Cuando usas a un grupo para definirte como individuo, eres más susceptible a ser herido por las etiquetas. También sueles responder con más contundencia cuando sientes que alguien ha traicionado el orden que tú consideras verdadero.

La realidad es que todos, como individuos, somos mucho más complejos que el grupo al que pertenecemos. Tenemos matices que el grupo jamás va a abarcar. Cada persona es un cúmulo de excepciones a reglas y etiquetas que la sociedad le impone. Las etiquetas nunca son perfectas, porque no pueden serlo.

En el vídeo sobre generalizar que puse arriba di un ejemplo de esto. Existe una herramienta para estudiar la personalidad de acuerdo con la teoría de Jung. Se llama el Myers-Briggs. En ese test la personalidad depende de 4 variables: introversión/extroversión, intuición/sensación, pensamiento/sentimiento, y percepción/juicio. De la combinación entre esas variables surgen 16 tipos de personalidad. Cada persona tiene un tipo de personalidad entre esos 16 que es el que mejor la define. Si quieres hacer el test pulsa aquí. Yo soy INTP.

El caso es que algunos, al terminar el test y leer las características del tipo de personalidad que obtuvieron se sienten “defraudados”. Muchos consideran que solamente una parte de la descripción se ajusta a ellos, que el resto no. Otros se enfadan. Dicen que es imposible meter a toda la humanidad dentro de 16 tipos de personalidad. Que la gente es demasiado diferente entre sí, que las personas son únicas, y que es imposible describirlas con este test.

La realidad es que el test de Myers-Briggs, al igual que cualquier categoría son formas de resumir la realidad. Usamos estas herramientas porque la realidad es demasiado compleja para entenderla en su totalidad. El test de Myers-Briggs, es útil justamente porque tiene 16 tipos de personalidad que si bien no describen a la perfección a cada persona, sus categorías son lo suficientemente amplias como para comprender a un gran número de personas, y lo suficientemente específicas como para decir algo valioso acerca de cada tipo. Para que el Myers-Briggs describiera a cada persona a la perfección, tendría que tener 6 billones de tipos de personalidad, uno para cada persona que toma el test, y entonces como herramienta no tendría sentido.

Lo que quiero decir con esto, es que cuando formas parte de un grupo estás aceptando entrar en una categoría voluntariamente. Nunca serás totalmente definido por el grupo, ni por las etiquetas que otros le asignan. Tu individualidad es mucho más compleja de lo que el grupo admite. Por eso cuando alguien diga algo sobre un grupo al que perteneces, si lo que dicen no te describe, no asumas que el que está equivocado es el que crea la etiqueta. Pregúntate si eres tú una excepción a la regla.