La psicología de la traición

September 24, 2015

Si te pido que hagas un esfuerzo e intentes recordar alguna instancia en la que has sido traicionado, seguramente se te ocurrirá al menos una. Casi todos hemos pasado por eso alguna vez. La reacción ante una traición es siempre parecida: empieza con una sensación de sorpresa seguida de una profunda indignación, la sensación de que has sufrido una violación, de que te han usado. Es una sensación parecida a lo que sentiríamos si nos hubieran robado algo.

Los efectos de la traición no son solamente prácticos. Cuando alguien te traiciona no solamente pierdes la confianza en él, pierdes, en cierta medida, la confianza hacia ti mismo y tu capacidad de juzgar el carácter de los demás, porque confiaste en el traidor y no supiste darte cuenta de que lo era. También pierdes la confianza en el mundo que te rodea, como consecuencia de la traición te vuelves más escéptico, eres menos propenso a depositar tu confianza en otra persona, quienquiera que sea. Es decir, la traición es un asalto a la integridad de la persona que es traicionada.

El episodio no concluye hasta que no encuentras una forma de restablecer el orden, de cerrar el capítulo, de sentir que has recuperado tu lugar. Para hacerlo tienes que vengarte o perdonar al traidor. La mayoría de la gente te va a recomendar hacer lo segundo. Yo no. Pero de eso hablaremos más tarde.

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Por qué ya no soy feminista

February 15, 2015

En este artículo uso algunas anotaciones a pie de página que aparecen como números en superscript resaltados en amarillo. No es indispensable leer las anotaciones para entender el artículo, pero ofrecen mayor nivel de detalle sobre algunos puntos. No tengo que añadir que el artículo es largo, después de todo es A70 y en la extensión está la gloria, pero léelo completo, si eres feminista cabe la posibilidad de que al terminar de leerlo dejes de serlo.

Feminismo
* Artículo sobre feminismo. Pic related.

Hasta hace poco cuando alguien me preguntaba si soy feminista respondía con una sola palabra: “no”. Esa respuesta era inconveniente porque solía convertirse en el punto final de la conversación. Me quedaba con la sensación de que la otra persona se iba con la idea en la cabeza de que quizás yo estoy a favor de las violaciones y la diferencia de sueldos.

Así que ahora cuando me hacen la pregunta respondo que soy esencialista. El término me ha venido bien porque me ubica al margen de la propaganda de ambos lados, no me asocia con nadie, y por eso ese término suele ser el principio de una conversación y no el final. Casi nadie utiliza el término “esencialista”. A diferencia de “conservador” no te ubica sobre el territorio de la religión. Nada es menos urbano o cosmopolita que ser religioso. A diferencia de “tradicionalista” no denota una preocupación por lo práctico, tu postura no está motivada por la nostalgia. Puede que te salga algún pesado, pero siempre puedes actualizar el término agregándole un “neo” delante y te desprendes de lo clásico. Eres un neo-esencialista. Tres chic.

Claro que hay que hacer la advertencia de que si vas por ahí declarándote neo-esencialista en tu día a día es porque has bebido del Kool-Aid de A70. Escribir este tipo de material subversivo es como hubiese sido llevar ácido a la fiesta de tu grupo de amigos literarios en 1963. ¿Ese de ahí es un tonto? ¿Sí? Dale un vaso de la jarra azul que está allí. Diez años más tarde te enteras que el tonto está en Esalen dando clases de yoga y haciéndose llamar “Raj Bhatt”.

El esencialismo es una postura que las feministas considerarían inconveniente cuando no incompatible, así que puse el título a este artículo a propósito. Sé a lo que me expongo. Sé que me estoy metiendo en aguas profundas con las declaraciones que haré en este artículo, pero estoy preparada para el Dos Minutos de Odio reglamentario al que me someterán las aparatchiks del feminismo digital. ¿No eres feminista? ¡Has de ser misógina! ¡Allá va la judía sexista sionista y facha de A70! Da igual porque alguien tiene que corromper a la juventud.

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Ajedrez y democracia.

December 8, 2014

A menos de que tengas doscientos años lo más probable es que al escuchar la palabra “democracia” pienses en prosperidad, justicia, progreso, y paz. Pero para mí la palabra “democracia” significa tiranía, guerra, y atraso. De manera que es probable que si nos encontrásemos en alguna parte tú y yo tendríamos algunas cosas que decirnos.

Cuando frente a un hecho se desprenden dos explicaciones: una basada en la realidad y otra basada en una ficción, no siempre gana la primera. Es posible que en una disputa entre la verdad y la ficción, sea la ficción la que gane, y no solo que gane, sino que además, por atractiva o conveniente, suplante a la realidad.

Imagina que una persona comenta que está cansada y otra le dice que la mejor forma de descansar es salir a correr un rato. Todos sabemos que la solución no es esa sino precisamente la contraria, pero con el mensaje adecuado y la intensidad suficiente se puede llegar a convencer a todo un pueblo de que la solución al cansancio está en salir a correr. En especial si el gobernante es el dueño de la fábrica de zapatillas deportivas.

No siempre las ficciones son lo opuesto a la realidad como en el ejemplo anterior, muchas veces son simplemente explicaciones alternativas y ficticias, como señalar que la solución al cansancio pasa por comer brócoli. El caso es que casi siempre estas ideas ficticias se propagan porque quienes están en el poder tienen el motivo y los medios para propagarlas, y porque la marabunta carece del ingenio necesario para detectar el engaño.

El truco de las ficciones políticas está en que nadie las detecta. Se sostienen precisamente porque son capaces de suplantar a la realidad de forma completa. Hay que acotar que no son mentiras cogidas por los pelos, son ficciones creíbles, difíciles de desmentir, que evolucionan junto con la sociedad a lo largo de varios siglos, en el caso de la democracia son los últimos 200 años, y es una idea que está tan arraigada socialmente que planteársela trae consigo un estigma social.

El mejor ejemplo para ilustrar esto es el de la Monarquía Divina porque es una ficción difunta: ya nadie cree en esto, pero hace unos siglos todo el mundo creía que la Monarquía Divina era el gobierno perfecto: un sistema en el que el Rey es elegido y puesto allí por D-os para gobernar sobre todos. Dado que en el pasado sí creímos en esto de forma colectiva y hoy nadie cree en ello entonces la única conclusión que se puede sacar es que o bien la ficción suplantó a la realidad en el pasado y estuvimos todos engañados; o lo estamos ahora y la Monarquía Divina sí es, en efecto, un designio de los Cielos.

Convencer a un ciudadano egipcio del siglo 3 AdC de que la Monarquía Divina no era real, que D-os no seleccionó a nadie, y que por lo tanto el gobernante estaba allí de forma más o menos arbitraria, sería un ejercicio tan complicado como convencer al ciudadano del siglo 21 de que la Democracia Participativa es una ficción, que no produce igualdad ni trae bienestar ni paz a los pueblos, y que en definitiva está en el origen de las tiranías.

Quizás esto es un artículo que por lo extenso debería ir en la sección de artículos, pero dado que las ideas aunque forman un cuadro sólido, entre ellas son más o menos independientes prefiero hacer varias notas cortas, cada una explicando una idea puntual acerca de la ficción de la Democracia, que un artículo largo. Esta es la primera de ellas acerca de lo pernicioso que es el voto popular.

Imagina que hay un tablero de ajedrez. Tenemos las fichas negras, las fichas blancas, un jugador a cada lado. Alrededor del tablero hay además una audiencia. A medida que se desarrolla el juego la audiencia hace apuestas. Algunos apuestan a favor del jugador negro. Otros a favor del blanco. Dependiendo de los movimientos que hace cada uno las probabilidades de ganar o de perder aumentan y lo mismo ocurre con las apuestas.

Supongamos que el juego acaba de empezar. El tablero está intacto. En este momento tanto el blanco como el negro tienen las mismas probabilidades de ganar, y por lo tanto colocar una apuesta a favor de uno o a favor del otro paga lo mismo: 50-50.

El blanco abre con un movimiento tradicional, como podría ser el Peón del Rey. Es un movimiento típico para el que existe una amplia gama de respuestas predeterminadas y que por lo tanto no afecta en gran medida el desenlace del juego. Si decides apostar en este punto las probabilidades siguen siendo 50-50 o supongamos que son algo así como 49-51 dado que el blanco ya ha movido.

Ahora imagina que en lugar de abrir de la forma tradicional, el blanco abre con una jugada torpe como el Peón del Alfil. Es difícil recuperarse si cometes un error estúpido al principio de un juego. Sabemos que la audiencia considera que el blanco tiene menos probabilidades de ganar porque las apuestas rondan el 30-70 a favor del negro.

Considera las posibilidades de este arreglo y piensa en lo que pasaría si tú pudieras conocer de antemano las apuestas que haría la audiencia en base al juego que se está desarrollando. Sabrías qué apuestas haría la audiencia dependiendo de cada movimiento, y podrías elegir cómo reaccionar en base a eso. Es decir, serías capaz de eliminar al jugador. Es una idea radical y hasta cierto punto genial. No dependes de la capacidad del jugador para elegir de qué forma mover las fichas y parece que has logrado desprenderte del error humano.

Pero aquí viene el problema y es el siguiente: para que este ejercicio tenga un final feliz la audiencia ha de cumplir con tres requisitos:

1) La audiencia ha de conocer el juego.

2) La audiencia ha de estar involucrada con el desenlace del juego.

3) No debe haber un conflicto de interés.

La audiencia ha de conocer cómo funciona el ajedrez y debe tener experiencia jugando. Si la audiencia no conoce la diferencia que existe entre abrir con el Peón del Rey y abrir con el Peón del Alfil, están apostando a ciegas y sus elecciones tendrán poca relación con la realidad por lo que guiarte por ellas no será mejor que lanzar una moneda.

Si a la audiencia le da igual el desenlace del juego porque no ha invertido nada en él entonces también tenderán a apostar por diversión. No apostarán de manera rigurosa ni estudiarán las posibilidades con atención. Quizás una manera de corregirlo sería observar cuánto dinero apuesta cada cual. Una persona que no ha invertido nada, o casi nada, en la apuesta tiene menos que perder que alguien que ha invertido una cuantiosa suma, podemos pensar que la tendencia es que la gente que invierte fuertemente lo hace con convicción: sabe a qué está apostando. El dinero se toma simplemente como una medida de cuánto confía el que apuesta en su elección: mientras más ha arriesgado una persona en una empresa, tanto más importante es para él el desenlace.

En última instancia es necesario que no existan conflictos de interés. Supongamos que a un miembro de la audiencia se le ocurre que si apuesta fuertemente a un resultado determinado puede ganar mucho dinero pero para ello necesita que el resto de la audiencia apueste al escenario contrario aunque no tenga mucho sentido hacerlo. Si esta persona puede utilizar su dinero para alterar el patrón de apuestas de la audiencia e influir en sus elecciones lo hará siempre y cuando le reporte un beneficio. Digamos que él sabe que apostar a cierto resultado le generará una cantidad de dinero, llamémoslo X. Y él determina que para influenciar las apuestas de la audiencia de manera que su apuesta funcione debe invertir una cantidad de dinero, llamémoslo Y. Esta persona cambiará el resultado de las apuestas siempre que Y sea menor que X. Así que podríamos estar basando nuestras jugadas sobre el tablero no en lo que verdaderamente la audiencia considera que es la movida acertada, sino en un espejismo: en lo que una persona de la audiencia eligió de antemano por su propio beneficio.

Es probable que de cada 100 personas que lean este artículo las que tienen experiencia alguna en política, y entienden de qué manera se gobierna sean exactamente 0. Sin embargo cuando llegan las elecciones todos pueden ir a votar. Su voto es tan valioso como la apuesta del que no sabe diferenciar entre el Peón del Rey y el Peón del Alfil. Elegir el destino de una Nación en base a las elecciones arbitrarias de millones de personas es tan absurdo como lo es elegir tu estrategia sobre el tablero de ajedrez en base a las elecciones aleatorias de cientos de espectadores que están viendo por primera vez un partido de ajedrez.

Supongamos que mis 100 lectores han decidido ir a votar. Es probable que la mayoría de ellos no tenga nada invertido en el país: no tienen una propiedad a su nombre, ni son dueños de una empresa que opera y genera beneficios en España. Alguno habrá que tenga una familia y sea responsable por la vida de sus hijos, pero pocos son los padres que se dan cuenta de ese hecho y lo asumen con la debida responsabilidad. Habrá varios con múltiples nacionalidades, o españoles por el mundo que viven en otro país pero votan por el destino de España aunque ni siquiera vivan allí. Por lo tanto la mayor parte de quienes votan en unas elecciones son personas que tienen poco invertido en el país. Es como el miembro de la audiencia del juego de ajedrez que apostó un céntimo y lo único que arriesga es su propio aburrimiento: elegirá en base al que prometa mayor entretenimiento a corto plazo.

Es evidente que cuando se trata de gobernar los conflictos de interés son múltiples y comprar votos es rentable. A veces ni siquiera hace falta dinero para comprar votos, basta con promesas y discursos. Así que el voto popular que es el principal mecanismo de la Democracia Participativa es un mecanismo pernicioso que desemboca en movimientos estúpidos.

Aunque al voto popular es la cura al cansancio –nos lo venden como “el gobierno de todos”, es “el gobierno del pueblo”– en realidad es el gobierno de nadie porque se parece más a jugar ajedrez con los ojos vendados o seguir las direcciones de un tercero cuyo interés está en conflicto con el interés del pueblo que la ficción que nos venden.

La Democracia Participativa también la presentan como la alternativa a otros sistemas primitivos. En lugar de tener un Jefe de Jefes como las mafias o las tribus de gorilas en la selva, nosotros tenemos la Democracia, ese maravilloso antídoto a la opresión y a la violencia.

La realidad, sin embargo, es que la nación que elige como modelo la Democracia Participativa está en un estado de constante fricción. La lucha por el poder entre diferentes facciones o partidos en períodos de cuatro años es una especie de guerra limitada en la que no se pueden usar armas, sólo el número de cabezas. Este sistema sólo lo soportan sociedades homogéneas y estables en las que hay una idea de destino compartido con pocas variaciones. La Democracia en esas sociedades es un mal que a duras penas se soporta, y las sociedades que no consiguen soportarlo desembocan en guerras civiles y el posterior gobierno de gorilas.

Elevar el listón

June 26, 2014

Como he contado muchas veces, empecé sin grandes aspiraciones. Este blog era un simple blog de moda, y el único objetivo que me planteé en un principio fue escribir algo cada día. En retrospectiva suena sencillo, o al menos así me lo parece a mí, pero tal vez sea porque cualquier reto superado me resulta poca cosa cuando lo observo desde el otro lado de la meta.

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Volver a casa

February 3, 2013

coffee

El que se va no siempre sabe qué le espera. Por un lado está la incertidumbre acerca del futuro, no tener ni siquiera una idea vaga de qué esperar, de lo que estarás haciendo en seis meses o en un año. La incertidumbre no sólo es con respecto al futuro, también se extiende hacia el pasado. La línea del tiempo se va haciendo borrosa en ambas direcciones a medida que se aleja de ti. Recordar el pasado y el lugar en el que estabas se hace más difícil cada vez.

Al mudarte todo te parece nuevo. Pasas la mayor parte del tiempo explorando y comparando lo que encuentras con tu hogar porque es el único lugar en el que has vivido. Entender el país nuevo se trata de un ejercicio de comparación, se entiende por contraste o se entiende por semejanza, y ese ejercicio se extiende a todo: la comida, la gente, el clima, y hasta el paisaje.

El que se va entiende el lugar al que ha llegado buscando las cosas familiares y las que no lo son. Algunos se refugian en las semejanzas, esas cosas que se parecen al hogar, que son familiares y cómodas, y para las que no tienes que adaptarte. Otros se refugian en la diferencia, buscan aquello que es nuevo porque quieren distanciarse del lugar del que vinieron y también porque quieren aprender el nuevo código, establecer un nuevo hogar.

Entender por contraste es un ejercicio de evocación constante. Es ese ejercicio de memoria el que te permite orientarte. Con el tiempo superas la necesidad de recordar y de contrastar, pero para entonces recordar se ha convertido en tu segunda naturaleza, recordar se ha convertido en tu nuevo hogar.

Pero luchar contra el tiempo es una batalla perdida de antemano. Todo se va. Primero los detalles: olvidas de qué color era el techo del salón, o la forma exacta que tenía la montaña cuando la veías a través de la ventana de tu habitación. Tratas de aferrarte a estos recuerdos pero son vagos en el mejor de los casos. Aún así, recuerdas lo que se siente vivir en tu hogar y algunos rituales hacen que recuerdes un poco más.

A veces te encuentras con una foto y tu cabeza absorbe la información y la incorpora. Con el tiempo la memoria completa los espacios vacíos. Pinta el techo y dibuja la montaña y se encarga de rellenar cada una de las partes que creías haber olvidado.

Cuento esto porque volví a Venezuela por primera vez en muchos años, concretamente a la antigua casa de mis padres en la que me crié. Mis padres querían venderla y fui para arreglar algunas cosas. No pensé mucho en el tema hasta que llegué, abrí la puerta y solté el bolso. La sensación fue extraña. Fue una sensación de esas que te hacen ladear la cabeza porque supe que había algo fuera de lugar pero no pude señalar el qué. Como cuando alguien se abotona mal el jersey.

Quizás es un problema de dimensiones —pensé—, la casa es demasiado pequeña, o los muebles demasiado grandes. Quizás fueron detalles más sutiles, en mi memoria el suelo de madera no era tan brillante y pregunté a mi madre si lo lo habían pulido. La sensación no se limitaba a mi casa, el Ávila, la montaña que rodea Caracas, también cambió. Es igual de inmensa, pero sus colores no coincidían con lo que recordaba.

Regresar a una casa después de muchos años es como vivir dentro de un sueño: las cosas te resultan familiares, pero sustancialmente distintas. No sabes señalar con exactitud qué es lo que ha cambiado, lo tienes en la punta de la lengua, pero por más que te esfuerzas no das con ello, y eso te desorienta.

Cuando regresas a un país los que se quedaron no entienden tu perplejidad. Les causa risa. No entienden cuando tropiezas con el escalón de la cocina que en tu mente había desaparecido, o cuando preguntas cosas que para ellos son obvias y también lo eran para ti antes de irte. Si además estás regresando a un país con una devaluación brutal como puede ser Islandia o Venezuela, no sabrás qué es caro y qué es barato, o qué precio es razonable. Más risas.

Heráclito dijo que un hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río. La segunda vez ni el río es el mismo ni él es igual. Es cierto, aunque en la memoria el tiempo es estático, en la realidad el tiempo transcurre contigo o sin ti. Así que cuando regresas ya nada es lo que era.

Ese es quizás el mayor miedo de la persona que deja su país: perder su hogar. El miedo de que al volver tu país haya cambiado tanto que ya no lo reconozcas. Que el hogar que recordabas ya no exista y entonces deje de ser un lugar en el mapa y se convierta en un lugar en la memoria.

Cuando te vas no sólo extrañas un lugar en el espacio, también extrañas un lugar en el tiempo. El hogar no es solamente un espacio geográfico, es también un espacio temporal. Mientras vives en él ambas dimensiones coinciden: observas las transformaciones a medida que se desarrollan y por lo tanto las entiendes. Pero al irte esa conexión se pierde. El hogar temporal, el que recuerdas, se aleja cada vez más del hogar geográfico, el que muta.

Hay una escena en Cinema Paradiso en la que Alfredo le dice a Toto que se vaya y nunca regrese:

Cuando vives aquí día tras día, crees que este es el centro del mundo. Crees que nada puede cambiar. Entonces te vas: un año, dos, cuando regresas todo ha cambiado. Lo que viniste a buscar ya no está aquí. Lo que era tuyo se perdió. Tienes que irte por un largo tiempo, tienen que pasar muchos años, hasta que puedas regresar y encontrar lo que dejaste, tu gente, la tierra en la que naciste. Pero en este momento no lo encontrarás, es imposible, tú estás más ciego que yo.”

Quizás hayas sentido esa desconexión en otras cosas. Es lo que sientes cuando después de muchos años vuelves a ver una película que te gustó y descubres que ya no te gusta. Esa diferencia entre lo que era y lo que es te hace reflexionar sobre cómo has cambiado y te hace dudar de tu memoria.

Perder el hogar no es sólo un tema de cambios en la distancia. También es un problema de la distorsión de la memoria. Si le pides a alguien que compare la memoria con una herramienta electrónica lo más probable es que la comparen con una cámara de fotos o de vídeo. Con algun instrumento capaz de registrar y almacenar información. Pero la memoria es principalmente creativa. No sólo recuerda u olvida; la memoria también sustituye, reescribe, une, divide, y crea.

La realidad es caótica y tiene tantos factores que muchas veces carece de sentido. La memoria nos ayuda a crear historias, a seleccionar información relevante, a unir los puntos y encontrar significados. Para la memoria es más importante la coherencia que la veracidad, cuando necesitas una explicación la memoria te la proporciona así tenga que sacrificar la verdad en el proceso.

Todo recuerdo es una reconstrucción. El mundo se crea y se destruye mil veces en la memoria, y cada recuerdo es una historia que nos contamos que tiene partes de ficción y partes de realidad. A medida que pasa el tiempo más se apodera la ficción del relato, si pudieras compararlos te darías cuenta del peso que tiene la imaginación en el recuerdo.

La mejor forma de explicarlo es con las relaciones. Cuando una relación personal se termina y te encuentras con la persona años después, puede ocurrir que descubras que no era como la recordabas. Puede que te sorprendas al disfrutar de la compañía de alguien que en tu memoria era desagradable, o que encuentres que una persona que te hizo daño es en realidad intrascendente. En fin, es posible que encuentres que hay diferencias irreconciliables entre lo que recordabas y lo que es.

Al igual que con una amistad, las partes que la memoria agrega o reescribe dependen en parte de las razones de la ruptura. Es más probable que recuerdes cosas malas sobre una relación que terminó mal, y cosas buenas sobre una que terminó bien. Lo mismo ocurre con el hogar.

Hay muchas maneras de irse. No es lo mismo mudarse que escapar y no es lo mismo escapar que abandonar. No es lo mismo ser un exiliado que un expatriado, que un inmigrante, o un aventurero. La relación cambia.

El aventurero se va porque le gusta la idea. Se va porque esa es su voluntad, y lo hace con entusiasmo.

Un expatriado es el que reside en un país distinto a aquél en el que creció. Da igual si el arreglo es temporal o permanente. La palabra se usa sobretodo para hablar de trabajadores cualificados, un expatriado, por ejemplo, puede ser una persona enviada por su empresa a trabajar en otro país. El expatriado no siempre está contento de irse a otro país, pero lo hace porque le resulta ventajoso.

El inmigrante está en contraste con el expatriado por su situación. Se suele llamar inmigrante a mano de obra barata, gente que llega de otro país buscando mejorar su vida. El inmigrante se va porque no le queda otra opción.

El exilio no lo eliges, es algo que te sucede. El exiliado es alguien que ha sido expulsado de su país y no le permiten regresar. Para los griegos el peor castigo no era la muerte, era el destierro.

Entre el expatriado y el exiliado hay un grupo sin nombre. Está compuesto por gente preparada que elige irse porque la situación en su país se ha vuelto insostenible. Es una especie de exilio auto-impuesto. En este caso partir es una elección, pero no siempre es libre, muchas de estas personas hubiesen preferido quedarse en su país si la situación fuese diferente.

Los aventureros, los que se van por voluntad propia y con entusiasmo, suelen recordar su país mejor de lo que es. Los exiliados lo recuerdan con romance, al sentimiento nacional se le agrega otro de espera, de aquello que está fuera del alcance. Pero a quienes se van porque la situación de su país se ha vuelto insostenible suelen recordar su país peor de lo que es.

Eso es en parte lo que me pasó a mí. Cuando regresas después de muchos años tienes la oportunidad de reconciliarte con él. Te das cuenta de que no todo era tan malo como lo recordabas, de que hay cosas buenas también, y de que aunque no vayas a quedarte mucho tiempo puedes pasarlo bien.

Por otro lado, puedes usar la visita para reafirmarte en tu posición. James Joyce, por ejemplo, buscó razones para odiar Irlanda y las mantuvo vivas toda su vida. Así podía seguirse oponiendo a todo lo que le era familiar. Cada vez que su relación con Irlanda estaba a punto de mejorar, Joyce encontraba una nueva excusa para prolongar su intransigencia y reafirmarse en su negativa de volver.

Para otros salir del hogar es necesario a modo de protesta. Lo que está en juego es la definición de la propia identidad como algo que trasciende los límites geográficos, culturales, y de idioma que impone el nacimiento. Para ellos salir es necesario, es una manera de romper el cascarón y convertirse en quien uno es.

Quizás lo más saludable no sea rechazar tu hogar ni aferrarte a él. El problema no está tampoco en rechazar o adjuntar otras culturas a la propia como política de vida. Quizás lo más saludable sea tomárselo con naturalidad, saber quién eres tú independientemente del lugar en el que estés.

Perder el hogar no es más que un elemento de una larga lista de cosas que se pierden. Venimos a este mundo solos y desnudos y nos vamos de la misma manera, y todo lo que obtenemos en el medio lo vamos a perder. Cada cosa que amas, que deseas, lo que disfrutas y lo que no, son todas pérdidas garantizadas. Ni siquiera la identidad es algo que puedes conservar.

Charles Manson (el asesino) escribió una canción muy bonita que se llama “Home is where you are happy“. Otros dicen que el hogar es donde está el corazón. En realidad el hogar no es otra cosa que el sentido de pertenencia, y si lo defines de acuerdo con cosas externas siempre podrás perderlo. En inglés hay un concepto que se llama self possession y que significa algo como “estar en posesión de uno mismo”. Self possession implica ser dueño de uno mismo. Es confiar en que sabes lo que quieres y hacerte responsable por eso. Si encuentras ese espacio dentro de ti en el que te perteneces, entonces te sentirás en casa en dondequiera que estés.

Es una gran virtud aprender a descartar poco a poco las cosas transitorias. El hombre que tiene una patria es un principiante, el que encuentra en cada suelo que pisa una extensión de su suelo nativo es fuerte, pero el que asume el mundo entero como un país extranjero es inquebrantable.