Las estrellas son irrelevantes

July 25th, 2015

Si el tamaño importa o no eso ya depende del gusto de cada uno, y aunque no hablo por todos, mi opinión es siempre mejor y más importante que la de cualquiera de tus amigos. Así que hazme caso en esto: el tamaño importa, e importa mucho. Porque siendo igual todo lo demás, no es lo mismo ser un huésped entre 1000 que uno entre 10. Las posibilidades de que te vayas contento de un hotel son inversamente proporcionales al número de habitaciones de dicho hotel. Hay una diferencia de estilo entre un hotel pequeño y uno grande que va más allá de las grandes comodidades.

A mí el tamaño y disposición de las salas de conferencia me da igual, y también me dan igual los parques infantiles, si el hotel tiene 3 restaurantes y 2 piscinas o no. Entiendo que para alguien que viaja una sola vez al año las expectativas que tiene es que el hotel lo entretenga. Pero ese no es mi caso. Como viajo con frecuencia mi primera prioridad no es usar el hotel de parque de atracciones, sino “vivir” cómodamente en la ciudad a la que llego por el tiempo en el que esté allí. Para mí es mucho más importante el servicio y la atención del equipo del hotel que el número de restaurantes. Prefiero que un hotel tenga un buen servicio de lavandería y de tintorería a que tenga cócteles en la piscina.

Por esa razón, porque tal vez mis expectativas son diferentes a las de la mayoría de la gente, me cuesta encontrar un hotel con el que quede satisfecha si lo único que uso para guiarme son las reseñas que encuentro por internet. He aprendido que es más efectivo guiarme por el número de habitaciones y la ubicación del hotel que por las opiniones de la gente o las estrellas que tenga. Concretamente el tema de las estrellas puede llegar a confundirte porque las estrellas son una serie de categorías arbitrarias basadas en unos parámetros que raras veces se corresponden con lo que necesito y al que he aprendido a ignorar por completo.

Por esa razón he decidido explicaros un poco cómo elijo en qué hoteles quedarme y también hablaros un poco del hotel en el que me quedé en Madrid durante dos semanas porque fue estupendo y creo fielmente en el “ojo por ojo” o en el “hoy por ti y mañana por mí” que se traduce en que si tú me tratas bien hoy, mañana yo hablo de ti en A70 para que las multitudes te conozcan y posiblemente decidan quedarse en tu hotel cuando viajen a Madrid.

Prosigamos, la primera cuestión que hay que mirar cuando uno va a elegir un hotel es su ubicación. Es un criterio útil porque te permite, de un plumazo, descartar 9 de cada 10 hoteles de la ciudad a la que vas a ir. El área hay que elegirla con cuidado. Como nunca aprendí a conducir y los taxis no me gustan el radio de mi búsqueda se reduce al territorio que puedo cubrir cómodamente caminando. Me gusta estar en el centro. A veces puedo irme unas calles más allá, a un área más tranquila y verde, si estoy muy cansada y pretendo salir poco del hotel.

El hotel que elegí en Madrid fue The Principal Madrid. Lo elegí en principio porque está en la Gran Vía y aunque no es la zona en la que viviría, sí es una zona conveniente cuando voy de viaje por pocos días porque está cerca de todos los lugares a los que voy cuando me quedo en Madrid:

También ayudó el hecho de que me gustaron las fotos de las habitaciones que hicieron algunos turistas que se quedaron en The Principal Madrid y que encontré por internet. La suite tenía un área de “comedor” algo que valoro mucho porque significa que tiene una mesa grande y sillas cómodas donde puedo quedarme a “hacer clicks”. Como me trataron muy bien por teléfono cuando llamé a hacer la reserva no busqué más y allí me quedé

Lo que no esperaba al llegar a The Principal Madrid, después de 15 horas entre aviones y aeropuertos, es que la habitación iba a ser tan grande, tan cómoda, y con cuatro balcones con vista a la Gran Vía:

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Otra cosa que me pareció muy conveniente es que la cama de la suite está en otra habitación que sirve como dormitorio y donde también está el baño. El dormitorio está separado del salón por una puerta, y eso significa que cuando vienen a limpiar la habitación puedes quedarte adentro sin sentirte raro. Mientras limpian el área del salón te mudas a la habitación y cuando terminan con el salón regresas a la mesa y les dejas arreglar el dormitorio. La habitación tiene dos puertas de entrada independientes, una en el salón y otra en el dormitorio.

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A mí lo que más me gustó de The Principal Madrid fue la vista desde las 4 ventanas que daban a la terraza. El edificio Metrópolis tiene que ser uno de los edificios más fotogénicos de la Gran Vía, por cierto. La cúpula y las las intrincadas figuras de aves fénix y mujeres en los balcones son impresionantes.

Desde el dormitorio:
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Desde el salón:
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Lamentablemente en la terraza no se puede estar en verano porque el calor es mortal, así que sólo sirve para pasearse por allí y hacerse fotos para instagram (si es que tienes instagram, yo no tengo).

El equipo del hotel fue en su mayoría encantandor conmigo. Encontraban nuevas maneras de sorprenderme cada día, dejándome cosas en la habitación que había pedido días anteriores sin necesidad de tener que llamar al servicio de habitaciones. Si como yo eres de los que pide comida a la habitación con frecuencia, la carta 24 horas está bastante bien.

Quizás la única pega que le veo a The Principal Madrid es que a pesar de estar dos semanas y haberme quedado en la habitación más grande del hotel nunca pude cenar en el restaurante. Los desayunos estaban bastante bien y también me gustaron los postres que probé en el café del hotel:

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Lo de arriba era una versión “deconstruida” de la crema catalana, a mí por lo general la comida “de diseño” me echa para atrás porque me parece una cosa pomposa de hipster de Vancouver, pero tengo que admitir que esta crema catalana estaba buenísima. Por eso me apeteció cenar en el hotel, pero nunca pude hacerlo.

La primera vez que subí a “Ático” (así se llama el restaurante de The Principal Madrid) no pensé que iba a ser tan complicado. Me dijeron que sólo podría comer allí si reservaba sitio con antelación. Nunca antes me había pasado algo así en un hotel en el que me estuviera quedando. No tenía mucho sentido para mí que los propios huéspedes del hotel no pudieran cenar en el restaurante. Pero pensé que a lo mejor eso significaba que el restaurante era muy bueno. Así que intenté hacer una reserva para cenar allí alguna de las noches que me quedaban en el hotel, pero no hubo manera. Ni siquiera apuntándome en la lista de espera.

El último día me di cuenta de que el chef de Ático es Ramón Freixa y que el restaurante tiene dos estrellas Michelin. A mí las estrellas, como he dicho ya, me dan igual, para mí lo único que las estrellas Michelin significan es que no voy a poder comer en el restaurante del hotel en el que me estoy quedando. Una pena porque hubiese podido añadir más información a este post. Así que si alguna vez te quedas en The Principal Madrid ten en cuenta que es una tarea casi imposible cenar en el hotel y no tengo mucha idea de si merece la pena o no el trabajo de conseguir sitio para cenar allí.

Nota: el hotel The Principal Madrid no me pagó para que escribiese esta reseña. Digo esto para que nadie me envíe un email proponiéndome que participe en un evento, ofreciéndome una estancia gratis en su hotel o pidiéndome que haga una reseña sobre algún producto. No estoy en contra de que la gente haga eso, pero a mí no me gusta hacerlo.

Mi talla de sujetador

April 25th, 2015

Por qué ya no soy feminista

February 15th, 2015

En este artículo uso algunas anotaciones a pie de página que aparecen como números en superscript resaltados en amarillo. No es indispensable leer las anotaciones para entender el artículo, pero ofrecen mayor nivel de detalle sobre algunos puntos. No tengo que añadir que el artículo es largo, después de todo es A70 y en la extensión está la gloria, pero léelo completo, si eres feminista cabe la posibilidad de que al terminar de leerlo dejes de serlo.

Feminismo
* Artículo sobre feminismo. Pic related.

Hasta hace poco cuando alguien me preguntaba si soy feminista respondía con una sola palabra: “no”. Esa respuesta era inconveniente porque solía convertirse en el punto final de la conversación. Me quedaba con la sensación de que la otra persona se iba con la idea en la cabeza de que quizás yo estoy a favor de las violaciones y la diferencia de sueldos.

Así que ahora cuando me hacen la pregunta respondo que soy esencialista. El término me ha venido bien porque me ubica al margen de la propaganda de ambos lados, no me asocia con nadie, y por eso ese término suele ser el principio de una conversación y no el final. Casi nadie utiliza el término “esencialista”. A diferencia de “conservador” no te ubica sobre el territorio de la religión. Nada es menos urbano o cosmopolita que ser religioso. A diferencia de “tradicionalista” no denota una preocupación por lo práctico, tu postura no está motivada por la nostalgia. Puede que te salga algún pesado, pero siempre puedes actualizar el término agregándole un “neo” delante y te desprendes de lo clásico. Eres un neo-esencialista. Tres chic.

Claro que hay que hacer la advertencia de que si vas por ahí declarándote neo-esencialista en tu día a día es porque has bebido del Kool-Aid de A70. Escribir este tipo de material subversivo es como hubiese sido llevar ácido a la fiesta de tu grupo de amigos literarios en 1963. ¿Ese de ahí es un tonto? ¿Sí? Dale un vaso de la jarra azul que está allí. Diez años más tarde te enteras que el tonto está en Esalen dando clases de yoga y haciéndose llamar “Raj Bhatt”.

El esencialismo es una postura que las feministas considerarían inconveniente cuando no incompatible, así que puse el título a este artículo a propósito. Sé a lo que me expongo. Sé que me estoy metiendo en aguas profundas con las declaraciones que haré en este artículo, pero estoy preparada para el Dos Minutos de Odio reglamentario al que me someterán las aparatchiks del feminismo digital. ¿No eres feminista? ¡Has de ser misógina! ¡Allá va la judía sexista sionista y facha de A70! Da igual porque alguien tiene que corromper a la juventud.

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Ajedrez y democracia.

December 8th, 2014

A menos de que tengas doscientos años lo más probable es que al escuchar la palabra “democracia” pienses en prosperidad, justicia, progreso, y paz. Pero para mí la palabra “democracia” significa tiranía, guerra, y atraso. De manera que es probable que si nos encontrásemos en alguna parte tú y yo tendríamos algunas cosas que decirnos.

Cuando frente a un hecho se desprenden dos explicaciones: una basada en la realidad y otra basada en una ficción, no siempre gana la primera. Es posible que en una disputa entre la verdad y la ficción, sea la ficción la que gane, y no solo que gane, sino que además, por atractiva o conveniente, suplante a la realidad.

Imagina que una persona comenta que está cansada y otra le dice que la mejor forma de descansar es salir a correr un rato. Todos sabemos que la solución no es esa sino precisamente la contraria, pero con el mensaje adecuado y la intensidad suficiente se puede llegar a convencer a todo un pueblo de que la solución al cansancio está en salir a correr. En especial si el gobernante es el dueño de la fábrica de zapatillas deportivas.

No siempre las ficciones son lo opuesto a la realidad como en el ejemplo anterior, muchas veces son simplemente explicaciones alternativas y ficticias, como señalar que la solución al cansancio pasa por comer brócoli. El caso es que casi siempre estas ideas ficticias se propagan porque quienes están en el poder tienen el motivo y los medios para propagarlas, y porque la marabunta carece del ingenio necesario para detectar el engaño.

El truco de las ficciones políticas está en que nadie las detecta. Se sostienen precisamente porque son capaces de suplantar a la realidad de forma completa. Hay que acotar que no son mentiras cogidas por los pelos, son ficciones creíbles, difíciles de desmentir, que evolucionan junto con la sociedad a lo largo de varios siglos, en el caso de la democracia son los últimos 200 años, y es una idea que está tan arraigada socialmente que planteársela trae consigo un estigma social.

El mejor ejemplo para ilustrar esto es el de la Monarquía Divina porque es una ficción difunta: ya nadie cree en esto, pero hace unos siglos todo el mundo creía que la Monarquía Divina era el gobierno perfecto: un sistema en el que el Rey es elegido y puesto allí por D-os para gobernar sobre todos. Dado que en el pasado sí creímos en esto de forma colectiva y hoy nadie cree en ello entonces la única conclusión que se puede sacar es que o bien la ficción suplantó a la realidad en el pasado y estuvimos todos engañados; o lo estamos ahora y la Monarquía Divina sí es, en efecto, un designio de los Cielos.

Convencer a un ciudadano egipcio del siglo 3 AdC de que la Monarquía Divina no era real, que D-os no seleccionó a nadie, y que por lo tanto el gobernante estaba allí de forma más o menos arbitraria, sería un ejercicio tan complicado como convencer al ciudadano del siglo 21 de que la Democracia Participativa es una ficción, que no produce igualdad ni trae bienestar ni paz a los pueblos, y que en definitiva está en el origen de las tiranías.

Quizás esto es un artículo que por lo extenso debería ir en la sección de artículos, pero dado que las ideas aunque forman un cuadro sólido, entre ellas son más o menos independientes prefiero hacer varias notas cortas, cada una explicando una idea puntual acerca de la ficción de la Democracia, que un artículo largo. Esta es la primera de ellas acerca de lo pernicioso que es el voto popular.

Imagina que hay un tablero de ajedrez. Tenemos las fichas negras, las fichas blancas, un jugador a cada lado. Alrededor del tablero hay además una audiencia. A medida que se desarrolla el juego la audiencia hace apuestas. Algunos apuestan a favor del jugador negro. Otros a favor del blanco. Dependiendo de los movimientos que hace cada uno las probabilidades de ganar o de perder aumentan y lo mismo ocurre con las apuestas.

Supongamos que el juego acaba de empezar. El tablero está intacto. En este momento tanto el blanco como el negro tienen las mismas probabilidades de ganar, y por lo tanto colocar una apuesta a favor de uno o a favor del otro paga lo mismo: 50-50.

El blanco abre con un movimiento tradicional, como podría ser el Peón del Rey. Es un movimiento típico para el que existe una amplia gama de respuestas predeterminadas y que por lo tanto no afecta en gran medida el desenlace del juego. Si decides apostar en este punto las probabilidades siguen siendo 50-50 o supongamos que son algo así como 49-51 dado que el blanco ya ha movido.

Ahora imagina que en lugar de abrir de la forma tradicional, el blanco abre con una jugada torpe como el Peón del Alfil. Es difícil recuperarse si cometes un error estúpido al principio de un juego. Sabemos que la audiencia considera que el blanco tiene menos probabilidades de ganar porque las apuestas rondan el 30-70 a favor del negro.

Considera las posibilidades de este arreglo y piensa en lo que pasaría si tú pudieras conocer de antemano las apuestas que haría la audiencia en base al juego que se está desarrollando. Sabrías qué apuestas haría la audiencia dependiendo de cada movimiento, y podrías elegir cómo reaccionar en base a eso. Es decir, serías capaz de eliminar al jugador. Es una idea radical y hasta cierto punto genial. No dependes de la capacidad del jugador para elegir de qué forma mover las fichas y parece que has logrado desprenderte del error humano.

Pero aquí viene el problema y es el siguiente: para que este ejercicio tenga un final feliz la audiencia ha de cumplir con tres requisitos:

1) La audiencia ha de conocer el juego.

2) La audiencia ha de estar involucrada con el desenlace del juego.

3) No debe haber un conflicto de interés.

La audiencia ha de conocer cómo funciona el ajedrez y debe tener experiencia jugando. Si la audiencia no conoce la diferencia que existe entre abrir con el Peón del Rey y abrir con el Peón del Alfil, están apostando a ciegas y sus elecciones tendrán poca relación con la realidad por lo que guiarte por ellas no será mejor que lanzar una moneda.

Si a la audiencia le da igual el desenlace del juego porque no ha invertido nada en él entonces también tenderán a apostar por diversión. No apostarán de manera rigurosa ni estudiarán las posibilidades con atención. Quizás una manera de corregirlo sería observar cuánto dinero apuesta cada cual. Una persona que no ha invertido nada, o casi nada, en la apuesta tiene menos que perder que alguien que ha invertido una cuantiosa suma, podemos pensar que la tendencia es que la gente que invierte fuertemente lo hace con convicción: sabe a qué está apostando. El dinero se toma simplemente como una medida de cuánto confía el que apuesta en su elección: mientras más ha arriesgado una persona en una empresa, tanto más importante es para él el desenlace.

En última instancia es necesario que no existan conflictos de interés. Supongamos que a un miembro de la audiencia se le ocurre que si apuesta fuertemente a un resultado determinado puede ganar mucho dinero pero para ello necesita que el resto de la audiencia apueste al escenario contrario aunque no tenga mucho sentido hacerlo. Si esta persona puede utilizar su dinero para alterar el patrón de apuestas de la audiencia e influir en sus elecciones lo hará siempre y cuando le reporte un beneficio. Digamos que él sabe que apostar a cierto resultado le generará una cantidad de dinero, llamémoslo X. Y él determina que para influenciar las apuestas de la audiencia de manera que su apuesta funcione debe invertir una cantidad de dinero, llamémoslo Y. Esta persona cambiará el resultado de las apuestas siempre que Y sea menor que X. Así que podríamos estar basando nuestras jugadas sobre el tablero no en lo que verdaderamente la audiencia considera que es la movida acertada, sino en un espejismo: en lo que una persona de la audiencia eligió de antemano por su propio beneficio.

Es probable que de cada 100 personas que lean este artículo las que tienen experiencia alguna en política, y entienden de qué manera se gobierna sean exactamente 0. Sin embargo cuando llegan las elecciones todos pueden ir a votar. Su voto es tan valioso como la apuesta del que no sabe diferenciar entre el Peón del Rey y el Peón del Alfil. Elegir el destino de una Nación en base a las elecciones arbitrarias de millones de personas es tan absurdo como lo es elegir tu estrategia sobre el tablero de ajedrez en base a las elecciones aleatorias de cientos de espectadores que están viendo por primera vez un partido de ajedrez.

Supongamos que mis 100 lectores han decidido ir a votar. Es probable que la mayoría de ellos no tenga nada invertido en el país: no tienen una propiedad a su nombre, ni son dueños de una empresa que opera y genera beneficios en España. Alguno habrá que tenga una familia y sea responsable por la vida de sus hijos, pero pocos son los padres que se dan cuenta de ese hecho y lo asumen con la debida responsabilidad. Habrá varios con múltiples nacionalidades, o españoles por el mundo que viven en otro país pero votan por el destino de España aunque ni siquiera vivan allí. Por lo tanto la mayor parte de quienes votan en unas elecciones son personas que tienen poco invertido en el país. Es como el miembro de la audiencia del juego de ajedrez que apostó un céntimo y lo único que arriesga es su propio aburrimiento: elegirá en base al que prometa mayor entretenimiento a corto plazo.

Es evidente que cuando se trata de gobernar los conflictos de interés son múltiples y comprar votos es rentable. A veces ni siquiera hace falta dinero para comprar votos, basta con promesas y discursos. Así que el voto popular que es el principal mecanismo de la Democracia Participativa es un mecanismo pernicioso que desemboca en movimientos estúpidos.

Aunque al voto popular es la cura al cansancio –nos lo venden como “el gobierno de todos”, es “el gobierno del pueblo”– en realidad es el gobierno de nadie porque se parece más a jugar ajedrez con los ojos vendados o seguir las direcciones de un tercero cuyo interés está en conflicto con el interés del pueblo que la ficción que nos venden.

La Democracia Participativa también la presentan como la alternativa a otros sistemas primitivos. En lugar de tener un Jefe de Jefes como las mafias o las tribus de gorilas en la selva, nosotros tenemos la Democracia, ese maravilloso antídoto a la opresión y a la violencia.

La realidad, sin embargo, es que la nación que elige como modelo la Democracia Participativa está en un estado de constante fricción. La lucha por el poder entre diferentes facciones o partidos en períodos de cuatro años es una especie de guerra limitada en la que no se pueden usar armas, sólo el número de cabezas. Este sistema sólo lo soportan sociedades homogéneas y estables en las que hay una idea de destino compartido con pocas variaciones. La Democracia en esas sociedades es un mal que a duras penas se soporta, y las sociedades que no consiguen soportarlo desembocan en guerras civiles y el posterior gobierno de gorilas.

La dignidad y el viaje

July 12th, 2014

Estoy en Madrid, he venido a arreglar algunas cosas. El viaje de Vancouver a Madrid es largo y pesado. Primero hay que hacer una escala en Toronto o en Munich, y después hay que coger un segundo vuelo. En total son alrededor de 14 horas volando, más el tiempo que tarden las conexiones y el proceso en el aeropuerto. Cada vez que me toca viajar en avión recuerdo por qué odio los aviones y por qué los evito siempre que puedo: la dignidad y el viaje ya no van de la mano. Viajar se ha convertido en una especie de castigo. Similar a formas leves de tortura.

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