Las estrellas son irrelevantes

August 12th, 2016

Si el tamaño importa o no eso ya depende del gusto de cada uno, y aunque no hablo por todos, mi opinión es siempre mejor y más importante que la de cualquiera de tus amigos. Así que hazme caso en esto: el tamaño importa, e importa mucho. Porque siendo igual todo lo demás, no es lo mismo ser un huésped entre 1000 que uno entre 10. Las posibilidades de que te vayas contento de un hotel son inversamente proporcionales al número de habitaciones de dicho hotel. Hay una diferencia de estilo entre un hotel pequeño y uno grande que va más allá de las grandes comodidades.

A mí el tamaño y disposición de las salas de conferencia me da igual, y también me dan igual los parques infantiles, si el hotel tiene 3 restaurantes y 2 piscinas o no. Entiendo que para alguien que viaja una sola vez al año las expectativas que tiene es que el hotel los entretenga. Pero ese no es mi caso. Como viajo con frecuencia mi primera prioridad no es usar el hotel de parque de atracciones, sino “vivir” cómodamente en la ciudad a la que llego por el tiempo en el que esté allí. Para mí es mucho más importante el servicio y la atención del equipo del hotel que el número de restaurantes. Prefiero que un hotel tenga un buen servicio de lavandería y de tintorería a que tenga cócteles en la piscina.

Por esa razón, porque tal vez mis expectativas son diferentes a las de la mayoría de la gente, me cuesta encontrar un hotel con el que quede satisfecha si lo único que uso para guiarme son las reseñas que encuentro por internet. He aprendido que es más efectivo guiarme por el número de habitaciones y la ubicación del hotel que por las opiniones de la gente o las estrellas que tenga. Concretamente el tema de las estrellas puede llegar a confundirte porque las estrellas son una serie de categorías arbitrarias basadas en unos parámetros que raras veces se corresponden con lo que necesito y al que he aprendido a ignorar por completo.

Por esa razón he decidido explicaros un poco cómo elijo en qué hoteles quedarme y también hablaros un poco del hotel en el que me quedé en Madrid durante dos semanas porque fue estupendo y creo fielmente en el “ojo por ojo” o en el “hoy por ti y mañana por mí” que se traduce en que si tú me tratas bien hoy, mañana yo hablo de ti en A70 para que las multitudes te conozcan y posiblemente decidan quedarse en tu hotel cuando viajen a Madrid.

Prosigamos, la primera cuestión que hay que mirar cuando uno va a elegir un hotel es su ubicación. Es un criterio útil porque te permite, de un plumazo, descartar 9 de cada 10 hoteles de la ciudad a la que vas a ir. El área hay que elegirla con cuidado. Como nunca aprendí a conducir y los taxis no me gustan el radio de mi búsqueda se reduce al territorio que puedo cubrir cómodamente caminando. Me gusta estar en el centro. A veces puedo irme unas calles más allá, a un área más tranquila y verde, si estoy muy cansada y pretendo salir poco del hotel.

El hotel que elegí en Madrid fue The Principal Madrid. Lo elegí en principio porque está en la Gran Vía y aunque no es la zona en la que viviría, sí es una zona conveniente cuando voy de viaje por pocos días porque está cerca de todos los lugares a los que voy cuando me quedo en Madrid:

También ayudó el hecho de que me gustaron las fotos de las habitaciones que hicieron algunos turistas que se quedaron en The Principal Madrid y que encontré por internet. La suite tenía un área de “comedor” algo que valoro mucho porque significa que tiene una mesa grande y sillas cómodas donde puedo quedarme a “hacer clicks”. Como me trataron muy bien por teléfono cuando llamé a hacer la reserva no busqué más y allí me quedé

Lo que no esperaba al llegar a The Principal Madrid, después de 15 horas entre aviones y aeropuertos, es que la habitación iba a ser tan grande, tan cómoda, y con cuatro balcones con vista a la Gran Vía:

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Otra cosa que me pareció muy conveniente es que la cama de la suite está en otra habitación que sirve como dormitorio y donde también está el baño. El dormitorio está separado del salón por una puerta, y eso significa que cuando vienen a limpiar la habitación puedes quedarte adentro sin sentirte raro. Mientras limpian el área del salón te mudas a la habitación y cuando terminan con el salón regresas a la mesa y les dejas arreglar el dormitorio. La habitación tiene dos puertas de entrada independientes, una en el salón y otra en el dormitorio.

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A mí lo que más me gustó de The Principal Madrid fue la vista desde las 4 ventanas que daban a la terraza. El edificio Metrópolis tiene que ser uno de los edificios más fotogénicos de la Gran Vía, por cierto. La cúpula y las las intrincadas figuras de aves fénix y mujeres en los balcones son impresionantes.

Desde el dormitorio:
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Desde el salón:
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Lamentablemente en la terraza no se puede estar en verano porque el calor es mortal, así que sólo sirve para pasearse por allí y hacerse fotos para instagram (si es que tienes instagram, yo no tengo).

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El equipo del hotel fue en su mayoría encantandor conmigo. Encontraban nuevas maneras de sorprenderme cada día, dejándome cosas en la habitación que había pedido días anteriores sin necesidad de tener que llamar al servicio de habitaciones. Si como yo eres de los que pide comida a la habitación con frecuencia, la carta 24 horas está bastante bien.

Quizás la única pega que le veo a The Principal Madrid es que a pesar de estar dos semanas y haberme quedado en la habitación más grande del hotel nunca pude cenar en el restaurante. Los desayunos estaban bastante bien y también me gustaron los postres que probé en el café del hotel:

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Lo de arriba era una versión “deconstruida” de la crema catalana, a mí por lo general la comida “de diseño” me echa para atrás porque me parece una cosa pomposa de hipster de Vancouver, pero tengo que admitir que esta crema catalana estaba buenísima. Por eso me apeteció cenar en el hotel, pero nunca pude hacerlo.

La primera vez que subí a “Ático” (así se llama el restaurante de The Principal Madrid) no pensé que iba a ser tan complicado. Me dijeron que sólo podría comer allí si reservaba sitio con antelación. Nunca antes me había pasado algo así en un hotel en el que me estuviera quedando. No tenía mucho sentido para mí que los propios huéspedes del hotel no pudieran cenar en el restaurante. Pero pensé que a lo mejor eso significaba que el restaurante era muy bueno. Así que intenté hacer una reserva para cenar allí alguna de las noches que me quedaban en el hotel, pero no hubo manera. Ni siquiera apuntándome en la lista de espera.

El último día me di cuenta de que el chef de Ático es Ramón Freixa y que el restaurante tiene dos estrellas Michelin. A mí las estrellas, como he dicho ya, me dan igual, para mí lo único que las estrellas Michelin significan es que no voy a poder comer en el restaurante del hotel en el que me estoy quedando. Una pena porque hubiese podido añadir más información a este post. Así que si alguna vez te quedas en The Principal Madrid ten en cuenta que es una tarea casi imposible cenar en el hotel y no tengo mucha idea de si merece la pena o no el trabajo de conseguir sitio para cenar allí.

Nota: el hotel The Principal Madrid no me pagó para que escribiese esta reseña. Digo esto para que nadie me envíe un email proponiéndome que participe en un evento, ofreciéndome una estancia gratis en su hotel o pidiéndome que haga una reseña sobre algún producto. No estoy en contra de que la gente haga eso, pero a mí no me gusta hacerlo.

Me cansé de la política

August 7th, 2016

Hace dos jueves tenía que hacer la compra en el supermercado y como iba distraída, llegué a la casa solamente con la mitad de las cosas que había puesto en la lista y con siete cosas más que no hacía falta comprar pero que me apeteció coger en el momento. El resultado fue que no pude cocinar lo que quería cocinar y tuvimos que pedir que nos trajeran comida a la casa. No es un drama, lo sé, pero este tipo de descuidos a veces tienen consecuencias menos agradables.

Desde fuera puede parecer que eso es lo que me pasa, que voy distraída. Que soy incapaz de concentrarme en lo que estoy haciendo. Pero yo que vivo dentro de mí sé que no tiene que ver con eso. No sufro de falta de atención sino de todo lo contrario, nunca he conocido a una persona que tenga la misma facilidad que yo para concentrarse en una misma cosa intinterrumpidamente. Lo que me ocurre es que sufro de hiperconcentración, me concentro tanto en lo que pasa en mi cabeza que el resto del mundo queda desconectado.

Cuando me hiperconcentro soy capaz de realizar tareas sencillas en piloto automático. Me he vuelto muy eficiente en eso. Dejo el volante a cargo de esa parte del cerebro menos especializada, esa que compartimos con los reptiles y que es capaz de ejecutar las tareas más simples. Así puedo pensar en lo que quiera y seguir siendo un ser humano funcional. Todas las tareas de mantenimiento las hace el reptil. Desde caminar hasta la tienda de la esquina, hasta ducharme o lavar los platos.

El reptil es bueno en eso, en ejecutar tareas aburridas y repetitivas. Pero el reptil, como todo animal, no es demasiado listo y sobre todo le cuesta un enorme trabajo recordar lo que hizo ayer. Al reptil puede, por ejemplo, parecerle una buena idea poner las gafas de sol en el congelador momentáneamente porque tiene las manos ocupadas poniendo algo adentro y cree que las recogerá ahora mismo cuando termine. Pero en el tiempo que le lleva guardar las cosas se le olvida y allí las deja. Días después, cuando me he convencido de que perdí mis gafas por la calle, estoy llenando mi vaso con hielo, cogiéndolos con la mano, y toco el borde de algo duro, la pata de unas gafas de sol. ¿Cuándo las puse allí? No podría decirlo porque no fui yo quién las dejó allí.

Pero la hiperconcentración no es ilimitada. Cuando considero que domino un problema y que he puesto todas las piezas en su lugar el tema deja de interesarme. Me aburro. No puedo concentrarme en cosas que ya no me interesan así que las descarto. Casi siempre ocurre antes de que pueda considerarme una experta en la materia. A mi cerebro le basta con saber que entiende algo a grandes rasgos y que si quisiera podría dominarlo a la perfección. Pero no le hace falta llegar hasta allí.

Por esa razón, por la pérdida de interés, el tema de mi blog ha cambiado varias veces y ha abarcado cosas que no tienen mucha relación entre sí. Muchos de mis intereses han quedado por fuera, claro, sólo he escrito las cosas que considero que merece la pena compartir. Pero el caso es que tengo que confesaros que la política ha perdido el interés para mí y se ha convertido en una tarea algo aburrida. Sigo viendo lo que pasa con los mismos ojos, mis opiniones no han cambiado, pero llegué a la cima de la curva de aprendizaje y ya no me parece un reto. Quizás también tenga algo que ver con el hecho de que considero mi misión como cumplida ahora que Podemos renunció a su Revolución.

Me da cierta satisfacción pensar que la derrota de Podemos nació en mi blog aunque nadie tenga el coraje suficiente como para admitirlo en público. Me da orgullo el hecho de que la gente sabe que fui la primera y la más importante porque supe identificar a Podemos como comunistas desde el primer día, en Julio de 2014, cuando todavía todos los periodistas estaban obnubilados con el poder de oratoria de Pablo Iglesias y hasta la derecha les hacía la pelota. La que le dio al periodismo el ángulo desde el cual atacarlos fui yo, y hasta ayer todos los periódicos y sus periodistas no hacían otra cosa que pellizcar de aquí y de allí trozos no sólo de mi artículo de Julio de 2014 sino también de todo lo que he escrito después. No me importa que no me lo reconozcan, a mí me basta con saber que ellos lo saben, que Podemos lo sabe, que quienes me leen lo saben, y que puedo regresar a España cuando quiera sin miedo a que una debacle comunista se trague al país. Estoy segura de que si yo no hubiese escrito esos artículos, si no hubiese contado lo que conté en twitter, si no hubiese grabado esos videos y los hubiese puesto en Youtube, ningún periodista se hubiese dado a la tarea de relacionar a Pablo Iglesias con Venezuela de la manera en la que yo lo hice, ni hubiesen hecho todo lo que hicieron por quitarlos de allí. Así que esta victoria es en gran medida mía y todavía la estoy celebrando.

También me da satisfacción ver cómo desde hace dos o tres meses los periodistas que me copiaban todo lo que escribía aquí sin pudor alguno no saben qué decir. Están perdidos. Los veo apoyando a Hillary Clinton, shilling for hill, “so sad!” como diría Trump. Será divertido verlos patinar a medida que avanza la campaña y empezar a desdecirse en unos meses. Podemos apostar vosotros y yo sobre quién será el primero en apoyar a Trump públicamente y cómo lo hará mirando para otro lado, sin mencionar jamás el hecho de que meses antes lo acusó de ser un supremacista en público. Va a ser divertido verlo, pero no sé si voy a llegar a enterarme porque ya no leo sobre política, me aburre. Avisadme por email cuando el primero se desdiga.

Pero el hecho es que esa fue la razón por la que decidí tomar una pausa y volver a plantearme qué es lo que me apetece contar. La política es aburrida porque estoy aprendiendo otras cosas que absorben 90% del espacio en mi cerebro pero no son temas que interesen para mi blog. Creo que en este momento lo que más me gustaría es hablar de temas ligeros y alegres, de cosas divertidas. A veces bromeo cuando hablo de mi supuesto exilio político a Miami Beach, da risa, pero en realidad tengo que admitir que sí estaba asustada, estaba preocupada. Si Podemos hubiese ganado las elecciones no hubiese podido regresar a España nunca más. Ahora que todo eso ha pasado puedo volver a lo que me gusta que es mi tranquilidad, y mis cosas.

Así que lo primero que voy a hacer es contaros algunas cosas divertidas, sobre qué es lo que estoy haciendo en Japón, sobre el hotel en el que me quedé en Madrid, cosas que veo y que me gustan o me entretienen. No solo puedo poner más fotos y es divertido, sino que además creo que ahora que sabemos que el peligro ha pasado, es un buen momento para cambiar el cassette, ser optimistas y empezar una nueva etapa con buen pie, sin el peso muerto de la política, y con ánimo de probar cosas nuevas.

Mi opinión sincera sobre Madrid

August 4th, 2016

A mí me hubiese bastado con que fuese limpia y ordenada. Era suficiente con eso, no hacía falta que además la gente fuese noble. Y si su gente era noble eso también me hubiese bastado aunque la comida no fuese espectacular. Me hubiese ido contenta. Y si sólo fuese lo buena que está la comida también hubiese sido suficiente para mí. No hacía falta que además el hotel y todos sus empleados hubiesen sido tan magnánimos conmigo.

Pero Madrid no se conforma con agradar. Todo el mundo parece querer ir más allá y por eso Madrid es una ciudad que se hace indispensable y a la que siempre quieres regresar. He estado en casi todas las grandes ciudades y en Madrid me he querido quedar a vivir.

Ya hemos hablado de esto, pero una cosa que sorprende cuando vives en Estados Unidos es ver lo que los medios españoles consideran que es “información” con respecto a las cosas que pasan allí, te sorprende lo fértil de su imaginación. Los episodios de supuesta actualidad americana que inventan y que nunca ocurrieron, las interpretaciones que hacen que son tan retorcidas que no concuerdan con la realidad, y en fin la mezcla de leyendas urbanas y malas traducciones. Son todos, ¿eh? No se salva ni uno solo, no hay un sólo periodista que diga algo verdadero o con sentido sobre Estados Unidos en España. A lo más que llega alguno es a traducir letra por letra lo que publicó ayer en el New York Times sin quitarle el sesgo de su línea editorial. Sorprende, pero lo justificas creyendo que se trata de errores. Es que no entienden el idioma, te dices a ti mismo, es que no conocen el contexto.

Crees que sobre España los periodistas españoles sí tienen que saber qué es lo que está pasando e informar con la verdad. No hay una barrera idiomática, está pasando en su “barrio”, no hay ninguna razón, ninguna excusa, para contar algo diferente de la realidad. Y cuando llegas a España después de varios meses y ves que lo que te rodea no se parece en nada a la imagen que han venido dando los periódicos españoles sobre el país te empiezas a preguntar cuál podría ser la intención de mentir de esta manera. Un simple error claramente no puede ser. Así que después de pensar largamente en esto tengo muchas cosas que deciros a los periodistas de un bando y del otro: si tuviera que juzgar por lo que escribís en vuestros periódicos no hubiese regresado a Madrid.

Hasta hace poco los de un bando no se cansaban de repetir que hay niños hambrientos en Madrid, y familias que se ven empujadas a comer de las basuras. Los otros afirman que la gestión de Manuela Carmena tiene a Madrid hecha pedazos, que la ciudad está sucia y que la basura se apila en las aceras porque no la recoge. En parte me lo creí, creí las dos versiones, y por eso la imagen que tenía de Madrid es que habían montañas de basura por las calles y familias y niños por encima alimentándose de ellas.

Estáis todos equivocados, lo que repetís es una larga retahíla de mentiras y flaco favor le hacéis a Madrid. Madrid es una gran ciudad, donde la gente vive bien. La ciudad está limpia, no hay familias buscando en los contenedores ni niños hambrientos por las calles. Todo lo contrario, las mesas de los restaurantes están llenas de familias españolas que salen a comer, y las tiendas están llenas de gente comprando. Si desde afuera lo único que se ve es lo que publicáis en la versión digital de vuestros periódicos ¿cuánta gente no habrá que como yo, creyéndose las fábulas que sin pudor alguno publicáis, decida no poner un pie en Madrid?

Si hubiese tenido la intención de invertir dinero jamás lo hubiese hecho en Madrid si hubiese tenido que juzgar la situación de la ciudad y del país entero desde afuera a partir de lo que escribís. ¿Cuántas empresas no habrá que después de leer las mentiras que publicáis haya pasado de invertir en España? ¿Cuántos se habrán llevado su dinero a otra parte? ¿Cuántos turistas habrán decidido ir a Paris o a Roma en lugar de ir a Madrid? Todo gracias a vuestra labor de desinformación. Quizás la razón, la intención de crear este mal ambiente sea el hecho de que la tragedia vende, que os genera un mayor número de clicks que después podéis enseñar a los cuatro despistados que os pagan las cuentas y a los que llamáis “inversores” para seguir justificando las pérdidas.

Pero aquí el que paga verdaderamente los excesos de este periodismo de fábula no son los inversores sino los ciudadanos españoles que tienen que tolerar que los medios pinten un retrato retorcido y fantasioso de su país, en tonos de negro y nada fiel a la realidad. Que sin saberlo están perdiendo oportunidades de todos los que creen en estas fábulas y que por ese motivo no invirtieron, no viajaron, y no pusieron un pie en Madrid. Las pérdidas existen pero son invisibles, es lo que nunca sucedió y por eso nunca sabremos a cuánto ascienden: ¿cuántos fueron los puestos de empleo que se hubiesen creado, pero que jamás se crearon?, ¿cuánto fue el dinero que los turistas se hubiesen dejado pero no se dejaron en restaurantes, tiendas y hoteles? ¿Qué precio le ponemos a la mala imagen de Madrid que fomentáis en el resto del mundo?

Los culpables sois todos por igual: periodistas, políticos, y agitadores. De un bando y del otro. Todos. Sois todos unos sinvergüenzas que hacéis de la mentira vuestro principal producto. Los periodistas por la competencia de popularidad que tenéis entre vosotros en las redacciones que ponéis España por los suelos porque ahora, al parecer, el éxito profesional se mide en portadas de una página que se llama Menéame.

Los políticos sois culpables porque usáis España como excusa para acusaros los unos a los otros de las más terribles negligencias, excesos, y olvidos; y no os importa llevarosla por delante si eso garantiza que le quitaréis un par de puntos de popularidad en las encuestas al partido enemigo. Sois como esos padres divorciados que utilizan al hijo para insultarse entre sí: “este niño es un desastre por tu culpa”.

Los agitadores que hacéis esto gratis en Twitter sois posiblemente los peores porque siendo parte del grupo de los más afectados por todo esto sois quienes validáis estas leyendas, las dais como ciertas y contribuís a hacer el bulo todavía más grande en las redes sociales. Sois el peor grupo porque ni siquiera ganáis dinero o acceso al poder con esto. Lo hacéis puramente por ego, por retweets.

Me he ido de Madrid pero volveré en un par de meses para quedarme. Sé que os debo unas cuantas fotos y también prometí que hablaría del hotel cuando me fuese. Será en el próximo post.

Madrid

July 31st, 2016

Hasta al desertar es mejor estar de este lado de la acera. La libertad en el exilio no viene a costa de hacerse fotos de agradecimiento con las cabezas del Partido, fingir que se está muy bien en la Madre Rusia a 20 bajo cero comiendo patatas con patatas y sopa de guisantes. No viene a costa de servir de trofeo.

Incluso en el tema de asilarnos lo hacemos mejor que los comunistas, no hay duda alguna de ello. Desertamos a Nueva York, Miami, o a Los Ángeles, se hace el exilio en Asia, se va uno a Tokio o a Hong Kong. Puedes elegir casi cualquier país civilizado sin el inconveniente de tener que posar para la foto de nadie.

Pero siempre es bueno regresar a casa, y ahora que Podemos tiró la toalla definitivamente y renunció a su Revolución puedo dar por concluido mi exilio político en Miami Beach. Fue un buen exilio, no puedo quejarme. Fui mucho a la playa, en Miami hay sol todo el año. Tiendas, mujeres guapas patinando en bikini por Ocean Drive. La comida regular, pero el sushi no está mal y uno se adapta.

En Madrid llevo diez días y no camino, estoy flotando en una nube. No es por melancolía, por aquello de que en la lejanía los defectos se olvidan y todo se recuerda con mejor luz. Eso pasa, claro que sí, pero no es eso. Es por el gran contraste que hay entre la realidad de Madrid y lo que uno llega a creerse cuando sólo tienes contacto con España a través de internet.

Empiezas a creer, por ejemplo, que Twitter es un reflejo fiel de lo que España es en realidad y crees que lo que escribe la gente en twitter es lo que piensa la gente de la calle. Te imaginas que todo Madrid es así, que por la Gran Vía solo caminan estudiantes de la Complutense, quinceañeras feministas, niños hambrientos, y desempleados. Que estamos al borde de la Revolución y en breve tendremos colas para comprar el pan.

La alegría que te entra cuando llegas a Madrid es producto en parte del contraste. El centro de Madrid está limpio y en sus calles camina gente limpia. Gente decente. Gente con un oficio conocido, que se peina antes de salir de su casa, que se viste bien. Gente que trabaja o que estudia carreras de verdad como medicina o ingeniería. Familias que pasean con sus hijos por la tarde, gente que quiere vivir en paz.

Vi muchas banderas de España colgando de los balcones en el centro de Madrid y ni una sola alusión a Podemos. La conclusión es que no debo pisar Twitter nunca más, ni para escribir ni para leer lo que ponen otros. Twitter es una realidad virtual, una especie de “skin” comunista que se le aplica a España y de repente empiezas a verlo todo en tonos de rojo, te asustas. Pero es solamente Twitter. Basta con irte de allí.

Las razones por las que me encuentro tan a gusto aquí seguramente tendrán que ver también con motivos superficiales. La comida, por ejemplo. La comida está buenísima. Me he hartado de gambas, arroz, churros, de bocadillos de jamón y horchata. Es posible que exista algún lugar en el mundo en el que se coma mejor que en Madrid pero yo no lo conozco. El hotel es también una maravilla, te atienden con una increíble atención al detalle, recuerdan tus gustos y tus manías, y al tercer día ya no tienes ni que pedirles nada, se adelantan a tus deseos, te lo traen por su propio pie. Como quise entrar por la puerta grande reservé la habitación más cara del hotel. El día que me vaya pondré fotos del lugar para evitar el riesgo de que se me presente algún pesado en la puerta queriendo conocerme, hacerme fotos, pedirme un autógrafo, o algún confundido queriendo sentarse a tomar un café conmigo.

No todos somos iguales

April 12th, 2016

Las ideas tienen dos niveles

1. La idea superficial que se adopta o se descarta con facilidad y suele ser de tipo práctico

2. La idea seminal que se usa para interpretar la información. Suelen ser permanentes, si cambian lo hacen lentamente. Es difícil cambiarlas porque son casi imposibles de detectar.

Uso la palabra “seminal” a propósito. Estas ideas son como semillas. Echan sus raíces en las profundidades de la mente de una persona, son fértiles y de ellas emanan otras ideas derivadas que forman toda una red de pensamiento, y además tienen la capacidad de propagarse a otras personas con facilidad.

El primer paquete de ideas seminales se adopta del entorno junto con el lenguaje y las costumbres y se usa como una lente para filtrar la información. A lo largo de la vida, una persona adopta o descarta otros paquetes de ideas seminales con los que entra en contacto y ese proceso se suele hacer por afinidad de ideas con el paquete original.

Las ideas seminales pueden ser racionales o no. Pueden estar basadas en la realidad o pueden ser producto de la ficción. La popularidad de una idea seminal no tiene mucho que ver con lo objetiva que sea. Suelen tener más éxito las ideas que son más agradables.

Hay ideas seminales mejores que otras. Como de ellas dependen las acciones y las decisiones que toma una persona, tener ideas seminales deficientes le puede llevar a cometer errores importantes. Pasa a nivel individual, pero también ocurre colectivamente.

Una idea seminal básica es la siguiente:

“Todos somos iguales”

Es agradable. Es reconfortante. Es increíblemente popular. Gusta y se propaga porque afianza una fantasía de auto control. Si la igualdad es algo innato, si todos somos iguales al nacer no eres, por defecto, peor ni mejor que ninguna otra persona.

De esa idea seminal surgen todos los siguientes mantras:

“Las mujeres y los hombres son iguales”

“Ningún pueblo es mejor que otro”

“Ninguna religión es mejor que otra”

“Ninguna cultura es superior o inferior a las demás”

“Somos parte de una raza, la raza humana”

Porque claro, si todas las personas somos iguales debemos ser, en potencia, igual de buenos, igual de inteligentes, igual de tolerantes, e igual de nobles. Si aceptamos esa idea como válida tenemos que aceptar también que por lo tanto, produciremos el mismo tipo de culturas buenas-inteligentes-tolerantes-nobles. Nuestras religiones aspirarán a los mismos ideales morales, etc.

“Todos somos iguales” es una idea que une a todas las facciones. La aceptan los socialistas. La aceptan los comunistas. La aceptan los ateos. Pero también la aceptan los liberales, los capitalistas, los católicos, los cristianos. La idea contraria, la idea de que somos diferentes y algunos somos mejores que otros, es cuando menos impopular.

Ahora, ¿de dónde viene esa creencia? ¿cuál es el origen? ¿por qué este concepto particular tiene tantos creyentes hoy? ¿Cuándo se creó? ¿Es una idea de los 60? ¿de 1790? ¿del Renacimiento? ¿de dónde ha salido?

Si nos apegamos a lo literal, el tema de los derechos humanos y de la igualdad/fraternidad/libertad nos recuerda a la Revolución Francesa. Pero las ideas salieron de la Ilustración. La igualdad es la idea que acabó con las monarquías (si todos somos iguales ¿cuál es la cualidad que tiene una familia específica y que les permite gobernarnos a todos los demás?) las suplantó por democracias, y nos trajo este estado de revolución permanente.

Del grupo que mencioné arriba, a los ateos, a los liberales y a los socialistas seguramente les guste ser identificados como herederos de la Ilustración. Después de todo, a la mayoría de ellos les gustaría pensar que sus creencias son producto de la razón y no de la fe. Pero ¿es La Ilustración el verdadero origen de la idea?

Que va, la idea es más antigua. Es una idea cristiana sacada directamente del Nuevo Testamento (1)(2). La gran innovación del proselitismo requería aglutinar a pueblos muy diferentes bajo una misma fe y la única manera de hacerlo era convencer a todo el mundo de que eran iguales entre sí y a todos los demás.

De ahí sacó la Ilustración las ideas acerca de la igualdad. No es una innovación. No es producto de la modernidad ni de la Revolución Francesa. Sino producto directo del cristianismo. La creencia secular en la idea de que todos somos iguales es en realidad una secta cripto-cristiana que oculta su origen teológico para disfrazarse de racional.

Por lo tanto, la Ilustración no fue realmente una reacción a la religión ni un abandono de la fe cristiana. Fue simplemente una adaptación del cristianismo que desechó su barniz divino y presentó el mismo contenido desde un punto de vista racional. Socialismo, comunismo, progresismo, liberalismo, capitalismo, etc, son todas herederas de la Revolución Francesa, de la Ilustración, y del Cristianismo, nacen de esa cepa ideológica.

La conexión entre la Ilustración y el cristianismo es evidente. François Fénelon, (arzobispo de Cambrai y tutor real del Delfin de Francia) escribió lo que posiblemente fue el mejor best seller de su época tanto en Francia como en el extranjero, traducido a todos los idiomas europeos: “Las Aventuras de Telémaco”. Escribió también una defensa de los derechos humanos:

Un pueblo es un miembro de la raza humana, que es la sociedad en su conjunto, de la misma forma en la que una familia es un miembro de una nación en particular. Cada individuo le debe incomparablemente más a la raza humana, que es la gran patria, de lo que le debe al país particular en el que nació (…) Abandonar el sentimiento humanitario no implica únicamente renunciar a la civilización y deslizarse hacia el barbarismo, sino además es unirse a la ceguera de las más brutas brigadas de salvajes. Es dejar de ser un hombre y convertirse en un caníbal.

Si olvidamos quién es el autor de la cita y modernizamos el lenguaje podríamos pensar que lo escribió un ateo, digamos, Richard Dawkins. O que se trata del soliloquio de un activista social cualquiera en youtube. Que es el ensayo de un estudiante de primer año de filosofía de la Complutense. Pero no, es el discurso de un arzobispo de 1690, el responsable de educar al delfín de Francia y de quien tomaría sus ideas Ilustradas tanto Luis XV de la Casa de Borbón como su hijo Luis XVI. Poner en práctica esas ideas le costaría la cabeza, a él, a su mujer, a la aristocracia francesa, al clero, y a cerca de 40 mil desgraciados más.

Cuando la realidad confronta la idea con un hecho concreto, el creyente busca una explicación que le permita continuar creyendo en su idea. Es decir, busca la explicación que le permita hacer a la realidad compatible con su filtro, porque lo contrario implicaría destruir todo su castillo de creencias. Lo que diferencia cada rama cripto-cristiana es que cada una encuentra explicaciones diferentes a las mismas contradicciones, y en eso es en lo que se diferencian.

Si buscamos las evidencias de que todos somos iguales no las encontramos por ninguna parte. Las evidencias apuntan justamente a lo contrario, a que existen enormes brechas entre sexos, entre personas, entre pueblos, razas, culturas, y religiones, y esas diferencias no son fáciles de reconciliar.

Para continuar creyendo que somos todos iguales se hace necesario encontrar una justificación externa que resuelva el problema sin comprometer la idea original. Si eres comunista justificas las diferencias con la idea del expolio que hace una clase sobre la otra. No se trata de una diferencia real entre las personas sino de privilegios materiales que unos heredan y otros no, o que unos ganan a costa de apropiarse del fruto del trabajo de los demás. Si nadie expoliara a los demás, todos seríamos iguales y el comunismo es la promesa de realizar ese sueño, el de la igualdad.

Si eres socialista interpretas las diferencias como el producto de una desigualdad de oportunidades. Es un problema del sistema que ha institucionalizado la opresión de las minorías. Es una opresión omnipresente que afecta cada ámbito de la vida y del que nadie se puede librar. Pero si aplicáramos la justicia social alcanzaríamos una verdadera igualdad de oportunidades, y entonces todos seríamos iguales.

Si eres liberal justificas las desigualdades desde el punto de vista de las decisiones individuales. Una persona está mejor que otra porque ha tomado mejores decisiones. Si un pueblo es peor que otro se le achaca la diferencia al sistema de gobierno. Es un problema de intervención del Estado o de falta de imperio de la ley. Los pueblos serían iguales si se limita el poder del Estado.

Para el capitalista las desigualdades son un problema de libertad de mercado. Si se amplía la libertad de mercado y se eliminan los obstáculos seremos iguales porque tendremos las mismas oportunidades de progresar.

El problema de estas cepas cripto-cristianas es que al sacrificar el aspecto divino de la religión católica en favor de una visión secular eliminan las restricciones del sistema. Para el cristianismo todos somos iguales… en Cristo. Lo que quiere decir es que para poder ser igual has de ser cristiano. Primero adoptas la fe, sus leyes, sus costumbres, y entonces serás igual. Pero si eliminas la fe de la ecuación entonces no hay restricción alguna. La creencia es igual de irracional en ambos casos (ninguna fe te hará igual a nadie más) pero mientras que la versión católica es simplemente una ficción, la versión cripto-cristiana es directamente destructiva.

Ninguna cosa es igual a las demás. Ser mujer y ser hombre son dos cosas completamente diferentes, tenemos diferentes necesidades, objetivos, formas de ser, etc. Las personas tampoco son iguales porque las hay mejores y peores. Hay gente noble y gente de mierda. Lo mismo ocurre con los pueblos, con las razas, y con las religiones. Ninguna cosa es igual a la otra. Puedes elegir creer en lo contrario, pero siempre será un acto de fe.